Desde el 13 de marzo, la población de Esmeraldas enfrenta las devastadoras consecuencias de un desastre ambiental provocado por la ruptura del Sistema de Oleoductos Ecuatorianos (SOTE). La contaminación de más de 80 kilómetros de cuerpos hídricos ha obligado a suspender el servicio de agua potable en diversas comunidades, afectando con mayor gravedad a parroquias como Cube, Viche, Majua, Chinca, San Mateo y Tachina, así como a los cantones de Quinindé, Esmeraldas, Atacames y Rioverde.

Más de 70 mil familias han quedado en crisis y al menos 51 mil personas no tienen acceso a agua potable. Pero más allá del desastre, lo que esta crisis deja en evidencia es un problema estructural: la precariedad en la que Esmeraldas ha vivido durante años. Ahora, sin agua, sin salud y sin comida, la situación es insostenible.

La falta de agua potable

La contaminación del agua ha convertido la vida cotidiana en una lucha constante. Sin acceso a fuentes seguras, las familias deben recurrir a ríos contaminados o a la recolección en recipientes improvisados, lo que aumenta el riesgo de enfermedades como el cólera, la disentería y la hepatitis. Además, la proliferación de mosquitos en aguas estancadas eleva el peligro de dengue y otras enfermedades transmitidas por vectores.

Para agravar la crisis, el desabastecimiento y la especulación han disparado el precio del agua embotellada, haciendo que incluso este recurso básico sea inaccesible para muchas familias. Los 28.000 litros de agua distribuidos por Petroecuador son simples migajas ante una emergencia de esta magnitud.

El colapso del sistema de salud

El acceso a la salud en Esmeraldas nunca ha sido fácil, pero ahora es prácticamente inexistente. La falta de medicinas y la atención médica han dejado a los enfermos a su suerte. ¿Cómo pueden los hospitales y centros de salud funcionar sin agua? ¿Cómo pueden los médicos atender a pacientes sin los insumos más básicos?

Las brigadas médicas enviadas a las zonas afectadas intentan aliviar la crisis, pero su alcance es limitado. Mientras tanto, enfermedades prevenibles se convierten en amenazas letales y la posibilidad de brotes epidémicos crece con cada día que pasa sin soluciones reales.

Hambre y desabastecimiento

A la emergencia del agua y la salud se suma la del alimento. El desabastecimiento ha generado una crisis alimentaria que golpea con más fuerza a los sectores vulnerables. La entrega de 90 kits de alimentos por parte Sistema Nacional de Gestión de Riesgos (SNGR) simplemente es una burla.

El hambre no es solo un problema de cantidad, sino de calidad: sin una alimentación adecuada, los niños, los ancianos y los enfermos son los primeros en sufrir las consecuencias. La desnutrición ya era un problema en la provincia, y ahora se agrava ante la falta de respuestas concretas por parte del Estado.

¡Todo es insuficiente frente a tantos años de abandono! Esta no es solo una crisis ambiental; es el reflejo de una Esmeraldas olvidada, donde la pobreza, la falta de infraestructura y la indiferencia estatal han sido la norma. Hoy, la tragedia se hace visible porque el desastre ha alcanzado proporciones innegables, pero ¿qué pasará cuando las cámaras se apaguen y la emergencia deje de ser noticia? Esmeraldas enfrenta una crisis humanitaria profunda, y las soluciones hasta ahora son temporales e insuficientes. Las autoridades deben tomar medidas urgentes y eficaces para garantizar el acceso a agua limpia, salud y alimentos. Porque sin agua, sin salud y sin comida, ¿cómo se sostiene la vida?