Ser mujer en un sistema que convierte vidas en mercancía
En Ecuador, entre 2021 y 2024, se registraron 151 víctimas de trata de personas con fines de explotación sexual. Solo en los primeros tres meses de 2025 ya se han identificado 14 nuevas víctimas, de las cuales 10 eran adolescentes. Números alarmantes, que probablemente no reflejan la dimensión real del problema, si se considera la imposibilidad metodológica de registrar cada uno de estos casos. Muchas víctimas permanecen ocultas, invisibles, silenciadas por el miedo, la estigmatización o la falta de acceso a mecanismos de denuncia y protección.
Estas cifras, proporcionadas por el Ministerio del Interior, no solo evidencian la persistencia de un delito sistemático y profundamente arraigado, sino también revelan la verdad de un sistema que convierte ciertos cuerpos —aquellos históricamente vulnerados y feminizados— en mercancía disponible para el abuso, la explotación y la desaparición.
El cuerpo, en particular el cuerpo feminizado, no es solo un espacio físico: es un territorio político. En sociedades atravesadas por la desigualdad estructural, ese cuerpo se vuelve campo de batalla, zona de disputa, mercancía para el lucro de redes delictivas. Aunque este crimen no discrimina por edad, nacionalidad ni género, el rostro más frecuente es innegable: el 93% de las víctimas de trata identificadas en Ecuador son niñas y mujeres.
La trata de personas no nace en el vacío. Crece donde el Estado falla, donde la desigualdad se normaliza, donde ser mujer se vuelve un riesgo estructural. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) en Ecuador, la provincia de Pichincha es origen, tránsito y destino de víctimas de trata con fines de explotación sexual, laboral y mendicidad. Este dato es clave: no hablamos solo de zonas de paso, sino de territorios donde la violencia se ancla, se reproduce y se perpetúa.
La lucha contra la trata no puede reducirse al castigo judicial de los culpables. Requiere mirar de frente a las estructuras que sostienen esta violencia: el patriarcado, el racismo, la precarización de la vida. Requiere hablar con honestidad sobre cómo la desigualdad y la feminización de la pobreza hacen que ciertos cuerpos —los cuerpos en disputa— sean más fácilmente capturados por estas redes criminales.
Mientras no entendamos que el problema es también cultural, simbólico y estructural, seguiremos fallando. Porque en este sistema, ser mujer, ser niña, ser pobre, ser disidente, sigue siendo motivo suficiente para ser elegida como víctima.
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