Más de sesenta años de trayectoria artística y cultural no pueden ni deben quedar borrados. En un país marcado por profundas desigualdades raciales, de género y de clase, la memoria de las mujeres negras ha sido sistemáticamente relegada, invisibilizada o empujada al margen de la historia oficial. Ser mujer negra implica, desde el inicio, caminar sobre brechas desiguales y enfrentar un olvido estructural que expulsa a las creadoras de los relatos nacionales.

Las mujeres negras han sido sostén de la memoria colectiva a través de la gestión cultural, el arte popular y la transmisión oral de saberes ancestrales. Sin embargo, las conservadoras de esa memoria han sido golpeadas por la precariedad, el abandono institucional y la ingratitud histórica. En muchos casos, ese despojo no solo limita sus vidas, sino que las condena a partir sin el reconocimiento que merecen, aun cuando su aporte ha sido fundamental para la identidad cultural del país.

El mundo del arte popular, negro, cimarrón y choteño se encuentra de luto. La partida de Las Tres Marías no es una pérdida individual, sino una herida colectiva. Este poder cimarrón, integrado por las hermanas Rosa Elena, María Magdalena y María Gloria Pavón, sostuvo durante más de seis décadas una expresión artística única, profundamente arraigada en la memoria afroecuatoriana y popular.

Reconocidas como Patrimonio Vivo del Ecuador, Las Tres Marías desafiaron los límites del arte hegemónico al cantar a capela e imitar instrumentos musicales únicamente con sus voces. Su cuerpo fue archivo, su voz instrumento y su arte un acto político de resistencia frente al racismo estructural que históricamente ha negado valor al conocimiento y a la creatividad negra.

Nombrarlas hoy es un acto político y ético. Recordarlas es una forma de reparación histórica. Las Tres Marías son patrimonio inmaterial de la comunidad afroecuatoriana, de la comunidad popular, de las artes, del Ecuador y del mundo entero. Su legado no pertenece al pasado: vive en cada mujer negra que crea, que gestiona cultura desde la precariedad, que defiende la memoria como territorio y como derecho.

El duelo es colectivo, pero también lo es la responsabilidad. Más de sesenta años de historia cimarrona no pueden volver a ser silenciados. La memoria no es un gesto simbólico: es una exigencia de justicia.

Juana Francis Bone