La representación de las personas afrodescendientes, negras, indígenas o montubias no puede entenderse ni justificarse como un ejercicio de elaboración de caricaturas destinadas a la burla, la humillación o el desprecio. La representación artística, cuando es ética y políticamente consciente, constituye una mirada profunda hacia la memoria colectiva y un ejercicio de contranarrativa política a través del arte.

En un espacio que valoro profundamente, junto a investigadoras y creadoras, llevamos más de un año realizando un análisis riguroso sobre el estado del arte y, de manera específica, sobre la representación de las mujeres negras. Este proceso ha implicado mirar, observar y cuestionar de forma constante aquellas estéticas que, de manera explícita o sutil, intentan forzar la blanquitud como canon universal de belleza y humanidad. En ese ejercicio crítico, hemos identificado cómo lo negro es asociado reiteradamente a una estética de la fealdad, lo repudiable, lo negativo, lo indeseable; o bien desplazado hacia los extremos más crueles: la hipersexualización, la exotización o la esclavización simbólica.

Estas representaciones reduccionistas insisten en colocar nuestras estéticas y corporalidades dentro de una única línea temporal anclada a la esclavitud, negando la contemporaneidad, la agencia política, la complejidad y la potencia creativa de las mujeres negras. Cuestionar estas estéticas hoy implica romper con patrones que la colonización y el racismo estructural buscan perpetuar mediante la imposición de una estética hegemónica, ridiculizante y deshumanizante de la negritud. En no pocos casos, esta reproducción del racismo visual y simbólico se legitima desde instituciones públicas, educativas y culturales.
El racismo antinegro opera también como un ejercicio constante de recordatorio violento sobre cuál es —o cuál debería ser— el “no lugar” de la comunidad negra en la sociedad. En este marco, el arte es instrumentalizado para vaciarlo de su potencia política, presentándolo como un acto antipático, incómodo o prescindible, cuando en realidad es un territorio central de disputa simbólica y de producción de sentido.

El desafío del arte, cuando se trata de la representación de las mujeres negras, es profundamente urgente: descolonizar las miradas, desmontar los lentes de la blanquitud y colocar en su lugar una mirada ennegrecida, crítica y futurista. Una mirada que no solo recupere la memoria, sino que proyecte futuros posibles desde la dignidad, la autonomía y la imaginación política de la negritud. Apostar por estéticas negras propias no es un gesto decorativo; es una apuesta política radical que disputa el presente y reconfigura los horizontes de lo visible, lo deseable y lo humano.
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