Hoy en el día de la Amazonia Ecuatoriana, mientras el continente se emociona con discursos sobre identidad, orgullo y cultura popular, vale la pena preguntarnos quiénes caben realmente en esa narrativa y en qué condiciones están viviendo. La latinoamericanidad no puede ser solo estética, ritmo y símbolo; tiene que ser también territorio, dignidad y justicia material. Y en ese mapa, la Amazonía ecuatoriana es una herida abierta que incomoda los relatos de celebración
Cada 12 de febrero se recuerda la Amazonía ecuatoriana, sus provincias: Sucumbíos, Orellana, Napo, Pastaza, Morona Santiago y Zamora Chinchipe y la memoria de una expedición del siglo XVI que marcó el inicio de una larga historia de extracción y disputa sobre el territorio. La fecha suele hablar de biodiversidad, saberes ancestrales y conservación. Pero la pregunta de fondo es: ¿conservación para quién y bajo qué modelo de país?
Los datos demográficos desmontan uno de los mitos más repetidos sobre la región: lejos de desaparecer, los pueblos indígenas han crecido con fuerza. En las seis provincias amazónicas habitan hoy 376,373 personas indígenas, frente a 162,616 en 2001. El incremento supera el 131 % en 22 años, según el Censo Nacional 2022 del INEC. Es un crecimiento mayor al de la población nacional, una afirmación de vida frente a siglos de despojo.Si miramos la distribución interna, cerca del 30 % de esa población se concentra en Morona Santiago y alrededor del 23 % en Napo. No son minorías marginales: son pueblos con presencia territorial decisiva y con una relación histórica con la selva que no se reduce a la categoría de “recurso”.
Sin embargo, el mismo territorio que sostiene esa vida está sometido a una presión extractiva cada vez más intensa. En Napo, aproximadamente el 90 % de las muestras de agua analizadas en ríos y esteros presentan niveles de toxicidad que evidencian un escenario de contaminación crónica, de acuerdo con estudio realizado por la Universidad Regional Amazónica Ikiam. No se trata de episodios aislados, sino de una exposición continua a contaminantes. Metales como cobre, hierro, plomo, aluminio y manganeso superan los límites permitidos para la preservación de la vida acuática, comprometiendo tanto los ecosistemas como la salud de las comunidades que dependen directamente de estos ríos.
Esta crisis ambiental está estrechamente ligada a la expansión minera en la provincia. En 24 años, la superficie destinada a esta actividad creció más de 200 veces: de 2,6 hectáreas en 1996 a más de 550 hectáreas en 2020, según datos del Proyecto de Monitoreo de la Amazonía Andina (MAAP).
Hablar de latinoamericanidad sin hablar de esto es una forma de colonialidad contemporánea. Se celebra la identidad mientras se tolera que los territorios indígenas y negros sigan siendo zonas de sacrificio. Se aplaude la diversidad cultural mientras se naturaliza que el agua esté envenenada y que la economía local dependa de actividades que erosionan el futuro.
Hoy, en el día de la Amazonía Ecuatoriana, la pregunta no es solo qué representa la región para el imaginario nacional o continental, sino cómo están viviendo quienes la habitan. La latinoamericanidad que excluye lo negro y lo indígena de sus prioridades materiales es apenas un discurso vacío. La verdadera identidad colectiva empieza cuando la dignidad, el agua limpia y el territorio dejan de ser consignas y se convierten en condiciones reales de vida.
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