Por: Liz Toapanta 

Menstruar con dignidad sigue siendo un privilegio para miles de mujeres en Ecuador. Frente a la pobreza menstrual y al abandono histórico de sus territorios, las mujeres afroecuatorianas también resisten desde sus saberes, sus cuerpos y sus comunidades.

En Ecuador, más de cuatro millones de mujeres en edad reproductiva enfrentan la pobreza menstrual, según un informe de Plan International de 2024. No se trata únicamente de no tener dinero para comprar toallas sanitarias, tampones o copas menstruales. También significa no contar con agua limpia, baños seguros, información sobre el propio cuerpo o atención médica oportuna. Según datos del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), el 51 % de las personas encuestadas no recibió educación menstrual en su institución educativa y el 54 % señaló que su centro educativo no disponía de baños seguros con cerradura. Detrás de estos datos hay niñas que faltan a clases por miedo a manchar su ropa, adolescentes que viven su primera menstruación con desinformación y mujeres que deben decidir entre comprar productos menstruales o cubrir otras necesidades básicas.

Pero esta realidad no afecta a todas por igual. Para las mujeres y niñas afroecuatorianas, las desigualdades económicas se cruzan con el racismo y el abandono histórico de sus comunidades. En territorios de Esmeraldas, el Valle del Chota y otras zonas rurales y peri-urbanas con población afrodescendiente, las dificultades para acceder a agua potable, saneamiento y servicios de salud pueden convertir algo tan natural como menstruar en un problema cotidiano. A estas barreras se suma el silencio que todavía rodea a la menstruación, un tema que muchas veces se trata con vergüenza en lugar de abordarse como parte de la salud. Así, una necesidad básica termina afectando la educación, la autoestima y la participación de las mujeres en sus comunidades.

Frente a esta realidad surge el cimarronaje menstrual, una forma de resistencia que busca romper con la vergüenza que históricamente ha rodeado a la menstruación y reivindicar los saberes ancestrales de las mujeres afroecuatorianas. En esta lucha, las parteras y matronas cumplen un papel importante al conservar y transmitir de generación en generación conocimientos sobre el cuidado del cuerpo y la salud menstrual.

Esta resistencia también se construye desde la organización comunitaria. Distintas colectivas impulsan iniciativas para combatir la pobreza menstrual y promover el derecho a una menstruación digna. Un ejemplo es Manchadas, un proyecto del Colectivo Mujeres de Asfalto que busca visibilizar las desigualdades que dificultan el acceso a productos menstruales y a servicios de salud adecuados. A través de la educación menstrual situada, la iniciativa busca romper los tabúes que todavía rodean a la menstruación y abordar esta realidad desde las condiciones particulares de cada territorio.

Estas acciones son importantes porque no basta con entregar una caja de toallas sanitarias si una niña no tiene agua limpia ni un baño donde pueda cambiarse con privacidad. Combatir la pobreza menstrual también implica garantizar el acceso a información sobre la salud menstrual y crear espacios donde las niñas y mujeres puedan hablar de sus cuerpos sin miedo. También es fundamental que estas iniciativas lleguen a los territorios rurales y no se concentren únicamente en las grandes ciudades.

Sin embargo, el cimarronaje menstrual va más allá del acceso a productos de higiene: también está relacionado con la defensa del territorio. En comunidades del norte de Esmeraldas, la contaminación de los ríos por actividades como la minería ilegal y los monocultivos de palma africana amenaza fuentes de agua de las que dependen numerosas familias. Sin agua limpia, gestionar la menstruación en condiciones dignas se vuelve mucho más difícil. Por eso, defender los ríos también significa defender la salud de las mujeres y el bienestar de sus comunidades. El cuerpo no está separado del territorio que habita: cuando el agua se contamina y los servicios básicos no llegan, las consecuencias también recaen sobre quienes han tenido menos recursos para protegerse. Desde esta mirada, el cimarronaje menstrual es también una lucha ambiental, porque no puede existir una menstruación digna sin condiciones que permitan cuidar la vida.

La pobreza menstrual tampoco se resuelve únicamente con iniciativas comunitarias. Aunque el trabajo de las organizaciones y de las mujeres desde sus territorios es indispensable, no puede convertirse en una excusa para que el Estado se desentienda de sus responsabilidades. Se necesitan políticas públicas que garanticen productos menstruales accesibles, baños seguros, agua potable y educación menstrual con enfoque intercultural y antirracista. También hace falta escuchar a las mujeres afroecuatorianas cuando se diseñan estas políticas, en lugar de tratarlas como simples beneficiarias de programas pensados desde las ciudades. Las experiencias de las comunidades indígenas también muestran que estas barreras tienen distintas expresiones según el territorio, por lo que las respuestas deben adaptarse a cada realidad. Menstruar con dignidad no debería depender de la ayuda que pueda recibir una familia, sino ser un derecho garantizado para todas las mujeres.

En octubre, Mes de la Afroecuatorianidad, hablar de cimarronaje menstrual es reconocer que las mujeres afro no solo enfrentan desigualdades: también impulsan formas de resistencia y cuidado colectivo que llegan a comunidades donde muchas veces las instituciones están ausentes. Pero no podemos romantizar esa resistencia ni convertirla en una obligación, porque ninguna mujer debería tener que organizarse para conseguir lo que tendría que estar garantizado como un derecho.  

Fuentes:
https://plan.org.ec/nota-de-prensa-pobreza-menstrual-en-ecuador-muchas-ninas-y-adolescentes-dejan-de-asistir-a-la-escuela-durante-su-periodo-menstrual-por-no-contar-con-insumos-basicos-de-higiene/

https://www.primicias.ec/economia/pobreza-menstrual-menstrucacion-mujeres-ninas-ecuador-97908
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