El 2 de febrero de 2026, cuando Esmeraldas aún respiraba el humo del incendio en su refinería. El diario La Hora optó por el silencio frente a la vida y la urgencia. En lugar de interpelar el abandono, eligió glorificar la guerra. Mientras la gente intentaba seguir viviendo, el medio decidió fabricar héroes y sostener una narrativa que normaliza el horror y borra a quienes lo padecen.
En la portada que circuló en redes sociales, el titular fue contundente y revelador

Sin embargo, al ingresar al sitio web, el medio ya no se atreve a sostener esa afirmación tan radical.
Este cambio no es para nada inocente. Cuando el espectáculo cumple su función, el discurso se vuelve ambiguo. Ya no se afirma que el crimen fue reducido; se habla de percepciones, de mitos, de relatos. El sensacionalismo cumple su rol en redes, pero el medio evita asumir responsabilidad en el cuerpo del texto. Ese doble movimiento —exagerar para atraer, suavizar para cubrirse— es una forma de violencia simbólica. Esmeraldas no es un titular, ni un experimento narrativo, ni un decorado para fabricar héroes.
Mientras la población esmeraldeña lidia con contaminación, precariedad, miedo y duelo, el relato mediático vuelve a insistir en una lógica ya conocida: más fuerza, más armas, más guerra.
El artículo de La Hora presenta al general Alexander Levoyer como una figura clave en la “recuperación de la seguridad” en Esmeraldas, destacando su trayectoria militar desde la guerra del Cenepa hasta el conflicto armado interno declarado en 2024. Se exaltan su disciplina, su presencia, su autoridad. Se normaliza incluso una frase que debería estremecernos:

El texto asegura que la presencia de Levoyer en Esmeraldas fue “notoria” y decisiva.

Sin embargo, quienes viven y resisten Esmeraldas a diario dicen lo contrario.



Las redes sociales, lejos de ser solo ruido, se convierten en un archivo de memoria popular. En ellas se repite una idea irrefutable: la militarización no se tradujo en seguridad, y mucho menos en una vida digna.Este contraste revela una fractura profunda entre la Esmeraldas narrada desde afuera y la Esmeraldas vivida desde adentro.
Y para sorpresa de nadie, los datos no respaldan al mito. Según el Observatorio Ecuatoriano de Crimen Organizado (OECO):
- En el primer semestre de 2023, el cantón Esmeraldas ocupó el puesto 7 en el ranking nacional de homicidios intencionales por cada 100 mil habitantes, con una tasa de 75,44.
- San Lorenzo se ubicó en el puesto 34 (31,86), Atacames en el 37 (28,83) y Rioverde con 25,42, de un total de 137 cantones analizados.
- Al cierre de todo 2023, Esmeraldas pasó al puesto 8, pero con una tasa alarmante de 144,44 homicidios por cada 100 mil habitantes.
Incluso cuando se habla de “reducción” en comparación con el primer semestre de 2022, el propio OECO señala que Esmeraldas sigue siendo el cantón más violento del país en relación con su población, por encima de Guayaquil, Machala o Quevedo.
Hay una necesidad urgente de pensarnos qué discursos está legitimando la prensa ecuatoriana y cuan perjudiciales son. ¿Hasta cuándo vamos a seguir fingiendo que más bala equivale a más seguridad?

- De los USD 105,7 millones destinados a proyectos sectoriales en 2022, solo se ejecutaron unos USD 47 millones.
- En 2025, el Gobierno destinó USD 4.314 millones al sector seguridad, un aumento del 12% respecto al año anterior. Pero, según los datos de ejecución del Ministerio de Economía y Finanzas la ejecución de los planes de inversión apenas alcanzó el 10,93% en los primeros siete meses del año.
- En 2026, el Gobierno volvió a insistir en la respuesta militar como eje de la política de seguridad. El ministro de Defensa, Gian Carlo Loffredo, anunció una inversión aproximada de USD 180 millones destinada a la compra de equipamiento para “enfrentar al crimen organizado”: helicópteros, sistemas radar tridimensionales, un buque logístico multipropósito, drones y escáneres para el control fronterizo.
Desde que Levoyer asumió la comandancia de la Fuerza de Tarea Conjunta Esmeraldas en 2022 hasta hoy, con la última inversión por el gobierno actual demuestra que el problema no es la ausencia de un arsenal militar, sino la ausencia de planificación, de políticas integrales y de voluntad para abordar las causas estructurales de la violencia.
Los medios de comunicación no son observadores neutrales de la violencia: son productores activos de sentido. Cada titular que desplaza la vida para poner en primer plano la guerra, cada portada que convierte la militarización en épica, contribuye a normalizar el horror y a justificarlo.Cuando la violencia se narra como espectáculo, deja de ser una tragedia colectiva y se vuelve un relato consumible. La guerra vende, la vida no.
Es fácil construir héroes cuando la muerte ocurre lejos. Es fácil hablar de “mitos” cuando no se respira el humo de la refinería, cuando no se vive con miedo permanente, cuando los muertos son nuestros y no suyos.


Desde afuera, la guerra parece orden.
Desde afuera, la militarización parece solución.
Desde afuera, siempre hay alguien a quien aplaudir.
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