Por: Kevin Ubillús Echeverría | Psicoanalista con perspectiva de género. 

Cada 24 de mayo, los calendarios marcan el Día de la Visibilidad Pansexual y Panromántica. Superficialmente, las redes sociales se llenan de posts y reels que lo definen rápidamente: «la atracción sexual o romántica hacia las personas independientemente de su género». Parece simple, una letra más en la vasta sopa de letras de la diversidad. Sin embargo, si indagamos más a profundidad, el panromanticismo esconde una de las amenazas más disruptivas para el sistema que organiza nuestros afectos. Es intento fallido de la definición del amor y de cómo se debe amar desde una (hetero)norma. 

Para entender por qué resulta tan incómodo, primero debemos desarmar el aparataje que nos enseñó a amar.

El paquete del amor actual como producto de consumo

Vivimos en una época donde el romance ha sido capitalizado. La sociedad de consumo, aliada histórica de la heteronorma, nos vende el amor como un paquete completo donde no tenemos otra opción para amar de una forma genuina, sino marcada y trazada por la época. En este mercado del amor, el género del otro es el requisito principal. Actúa como el filtro sustancial en nuestro checklist emocional. A partir de esa elección binaria (ser hombre o mujer), se despliega todo un guion predecible: roles de quién conquista y quién es conquistado, quién protege y quién cuida, qué se hace como hombre o como mujer, qué roles se ocupan dentro de un paquete completo para ser bien visto y aceptado por el Otro social. 

Si entramos en la dinámica comparativa entre el mercado normativo y la disidencia panromántica, encontramos que:

  • En el mercado del amor normativo: El amor está rígidamente condicionado por la anatomía y la identidad de género. Se busca cumplir la fantasía obturante de la media naranja; en donde el sujeto se busca completar con su objeto de amor, cuestión que resulta imposible. Haciendo del amor un performance, una coreografía entre dos, predecible e inteligible para la heteronorma y el mercado.
  • En el romance panromántico: el género pasa a ser un dato accesorio, no el motor del amor. El sujeto se enamora de la singularidad del otro, de su forma de habitar el mundo. Al no depender de la dinámica de los opuestos de género, el guion se rompe: no hay roles preasignados. Es un amor que el mercado no sabe cómo capitalizar y sale de todo orden prescrito. 

La teoría queer y la subversión del amor

La incomprensión social hacia las personas panrománticas vienen acompañadas por frases invalidantes como: «estás confundido» o «ya te decidirás». Pero el amor no tiene una definición absoluta y eso es lo mágico. Como bien señala le filósofe y teórique queer Judith Butler (2007) en su obra el género en disputa:

«Las identidades de género incoherentes o discontinuas son aquellas en las que el sexo, el género, la práctica sexual y el deseo no siguen la regla de la coherencia (…). La matriz heterosexual instituye y mantiene una jerarquía de géneros a través de la obligatoriedad de la heterosexualidad.»

Es aquí donde el panromanticismo encarna esa incoherencia disidente que aterra a la matriz. Al desvincular el amor romántico del género de la persona amada, el sujeto panromántico expone una verdad que el sistema intenta ocultar: que el género no es una condición natural para el amor, sino una imposición política. Creeríamos que el amor no está politizado, pero en realidad, todo es político. 

En esta misma línea, el filósofo Paul B. Preciado (2011) nos recuerda en el Manifiesto Contrasexual que la sexualidad y los afectos normativos no son instintos biológicos, sino tecnologías de control: «La heterosexualidad (…) no es un dato de la naturaleza, no es una orientación sexual (…) sino un complejo dispositivo social, una tecnología de producción de los cuerpos.» Como se aceptan socialmente 2 cuerpos: hombre y mujer, entonces lo que le queda a un sujeto es ir por el sendero de lo hetero, no por decisión natural, sino por imposición política y de control. 

Por lo tanto, si el romance tradicional es un régimen político que sostiene al capitalismo, el cual asegura la reproducción y el consumo a través de la familia tradicional; el panromanticismo es, por definición, un boicot a ese régimen. Rompería los esquemas trazados por Otro social que ha imperado sobre los cuerpos y subjetividades. Ya los caminos no son todos heterosexuales, sino que existen múltiples formas de amar para desafiar lo establecido. 

¿De qué nos enamoramos cuando cae el género?

Aquí es donde el cuestionamiento se vuelve íntimo. Si le quitamos a nuestra brújula afectiva el Norte del género ¿qué le queda al sujeto? ¿de qué nos podemos enamorar más a allá del amor mercantilizado?

Cuando una persona panromántica ama, el deseo no se ancla en la ilusión de que un género específico vendrá a completarla. Se ancla en el abismo del otro, en su palabra, en la manera particular en que ese otro goza, sufre y existe.

Visibilizar el panromanticismo hoy no se trata solo de exigir tolerancia o de ondear una bandera. Se trata de lanzar una pregunta incómoda al resto del mundo: Cuando dices que amas a alguien, ¿amas la singularidad irremplazable de ese sujeto, o simplemente te enamoraste de que cumple perfectamente con el rol de género que la sociedad te obligó a desear? El amor panromántico es una invitación a soltar el guion. A amar más allá del género y de enamorarse de lo singular del otro. 

Amandla Medio