Estados Unidos y la repetición del despojo latinoamericano
El mundo entero lo vió. Desde 2013, Venezuela ha vivido bajo una dictadura desgarradora. Un régimen que sistematizó la represión, hiperinfló la economía hasta la miseria y forzó el éxodo de millones, despedazando el tejido social de una de las naciones más ricas de América Latina. Este es un hecho irrefutable. Sin embargo, la operación militar estadounidense de este 3 de enero que capturó a Nicolás Maduro, no trae consigo redención. Trae otro patrón histórico, igual de cruel y más antiguo: el del poder extranjero que llega con la espada en una mano y el inventario de recursos en la otra. La dictadura interna fue suplantada por una imposición externa, donde el pretexto de la «guerra contra las drogas» sirvió de coartada para una toma de control que beneficiará a unos cuantos menos a quienes están en Caracas.
De enero a marzo de 2025: La asfixia económica
Todo comenzó con la oferta de una recompensa de 25 millones de dólares por la cabeza de Maduro. Inmediatamente después, vinieron las medidas para paralizar la economía: la revocación de licencias petroleras a empresas como Chevron y la amenaza de un arancel del 25% para cualquier país que comprará petróleo venezolano. El objetivo era claro: crear una crisis económica interna insostenible.
Agosto de 2025: La demostración de fuerza
El despliegue de una flota de guerra estadounidense en el Caribe, incluyendo un portaaviones y un submarino nuclear, transformó la amenaza retórica en una presencia militar abrumadora. Aunque se justificó como parte de la lucha antidrogas, fue una demostración de poder incontestable. En este contexto, la recompensa por Maduro se duplicó a 50 millones de dólares.
De septiembre a diciembre de 2025: La normalización de la violencia.
El 2 de septiembre comenzaron los ataques letales en aguas internacionales del Mar Caribe, en zonas cercanas a las rutas marítimas venezolanas. Este detalle es clave: al actuar fuera de la jurisdicción territorial, Estados Unidos buscaba normalizar el uso de fuerza militar contra embarcaciones civiles, justificándose como acciones directas contra el narcotráfico.
Para diciembre, el saldo fue de 34 embarcaciones destruidas y al menos 110 muertos en alta mar, muchos de ellos pescadores, según reportes de derechos humanos. En noviembre, el Cartel de los Soles fue designado organización terrorista, creando el marco legal para una guerra. El 29 de diciembre se supo que la CIA había dado el salto cualitativo: ejecutó el primer ataque con drones dentro del territorio soberano venezolano, probablemente contra una instalación portuaria. La frontera entre «operación policial» e invasión ya había sido cruzada
La gran mentira: El narcotráfico como coartada universal
La narrativa del narcoterrorismo fue el teatro necesario. Funcionó como una licencia para ejecutar en el mar. Bajo ese paraguas, se mató a civiles en aguas internacionales con impunidad. La ONU denunció ejecuciones extrajudiciales. Pero la verdad salió a flote cuando Susie Wiles, jefa de gabinete de Trump, admitió que el objetivo real era «hacer rendir a Maduro». La «guerra contra las drogas» no fue la causa; fue la cortina de humo. La misma que durante décadas justificó la intervención en Colombia y que, cuando este país bajo la administración de Gustavo Petro cuestionó la estrategia, le valió sanciones y el congelamiento de la ayuda militar. El pretexto es moldeable: se adapta para castigar tanto a los enemigos declarados como a los aliados que dejan de ser sumisos.
El verdadero botín: El petróleo y el derecho a desobedecer
Cada sanción, cada bloqueo de petroleros desde diciembre de 2025, cada incautación de crudo, no buscaba aliviar el sufrimiento del pueblo, sino asegurar el control sobre las mayores reservas petroleras del mundo. Trump lo confesó sin pudor: «Venezuela le quitó todo el petróleo a Estados Unidos y queremos que nos lo devuelvan». La operación fue, en esencia, una reclamación de propiedad por la fuerza. Es el mismo principio que se aplicó a Brasil cuando, en julio de 2025, Trump lanzó una guerra comercial repentina tras los discursos soberanistas de Lula en los BRICS, el bloque de economías emergentes integrado por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. El pecado no es ideológico; es atreverse a decir «no» y tener algo de valor que el otro quiere.
De una prisión a otra
Venezuela pasó de la prisión de una dictadura doméstica a la prisión de un orden imperial. Este no es un incidente, es el patrón fundacional. Lo que se ejecutó en 2025-2026 es el mismo manual con el que se ha intervenido en la región por dos siglos: deshumanizar al objetivo, asfixiarlo económicamente, construir un enemigo (comunista, terrorista, narcotraficante) y luego actuar.
Denunciar este patrón no es blanquear a Maduro. Es negarse a elegir entre el horror interno y el horror importado. Es recordar que la verdadera soberanía —la que permitiría a los venezolanos, por fin, elegir libremente— no nace de las bombas de un seudo-salvador, sino del derecho inalienable de los pueblos a ser dueños de su tierra y de su futuro, sin amos extranjeros ni dictadores locales. Lo que ocurrió este 3 de enero no cerró un ciclo de opresión. Solo cambió al opresor. Y para América Latina, eso no es una solución; es la repetición de su herida más antigua.
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