Interrumpir un embarazo en un país donde la maternidad se impone como destino exitoso para las mujeres, significa habitar silencios dolorosos bajo la sombra de la criminalización. Sin embargo, redes feministas disputan derechos que el Estado ha negado, ofreciendo apoyo en medio de un sistema que no escucha.
Por Ana María Crespo y Coraima Torres
Llega el día que Alicia tiene apuntado en su calendario menstrual. Tiene algunos síntomas conocidos: un cólico leve, cansancio, pero la sangre no aparece. Pasan una, dos semana y sospechas que el retraso tiene algo inusual. Pone tres gotas de orina en una prueba casera. Tic-toc, tic-toc. Los cinco minutos más largos de su vida. Se marcan dos rayas rojas.
¿Qué haces cuando no quieres maternar en un país donde las leyes te impiden decidir sobre tu cuerpo? Empieza un bucle de cuestionamientos: No quiero ser madre ahora. ¿Y si después no puedo? El silencio invade y muchas veces son las amigas aquellas que sostienen tu mano y te sacan de lugares que te tragan.
En septiembre de 2023, Alicia lee por segunda ocasión las instrucciones del manual. No quiere equivocarse. Para que el procedimiento sea efectivo debe tomar siete pastillas. No duda, pero el temor es inevitable. Desde niñas nos dijeron que ser madres es una bendición y que estamos incompletas ante la ausencia de la maternidad. Se ha dicho tanto del aborto, como que puede provocar esterilidad, aunque esa es una premisa falsa, construida con el objetivo de imponer la maternidad.
Alicia tiene 30 años, una pareja estable y el sueño de tener un hijo; pero no ahora. Su familia diría que su tiempo para maternar ya se agotó y que tendrá que aprender a envejecer en soledad, porque todavía sigue enraizada esa idea de que sin hijos el futuro es deprimente. Ha escuchado a sus amigas decir que la verdadera felicidad la traen los hijos, pero nada de eso afecta la decisión que ya ha tomado: no quiere ser madre, no todavía.
Toma las pastillas. Piensa que nada debería salir mal. No puede ir a un hospital para que el procedimiento ocurra bajo la vigilancia del personal médico ya que el aborto en Ecuador es legal únicamente bajo dos causales: vida/salud y violación.
Interrumpir el embarazo no es algo sobre lo que pueda hablar libremente. Abortar por primera vez es enfrentarse al miedo de lo desconocido y a las telarañas de nuestra propia cabeza. Fuimos educadas para ser madres, es inevitable que el terror nos invada una vez que engullimos las pastillas y el procedimiento inicia su curso.
Según la OMS, abortar con pastillas es seguro. Hay un protocolo a seguir y gracias a organizaciones feministas como Las Comadres o ayudaparaabortar.org contamos con apoyo y contención. Si bien se habla de una menstruación abundante o dolores abdominales que se pueden controlar con ibuprofeno o paracetamol, siempre hay una pequeña posibilidad de que el sangrado se convierta en una hemorragia y entonces haya que ir a emergencias. Hasta un parto puede tener complicaciones, pero a las mujeres que abortan las condenan a la ausencia de atención para que tengan como único destino la muerte.
Alicia se preparó para todos los escenarios. Identificó el hospital más cercano. Sabe que no debe decir que tomó aquellas pastillas ni que tiene escalofríos. Ningún operador de salud puede obligarla a contar algo que ella no quiere. Tampoco puede asegurar que tomó algún tipo de fármaco, si decidió un procedimiento oral. Esa máxima la repiten las personas que acompañan abortos porque habitamos un sistema frágil de salud para las mujeres.
El acompañamiento
“¿Por qué quieres hacerlo, Alicia?”. Esa fue una de las preguntas que le hicieron en la red de mujeres que estuvo con ella durante el proceso. La pregunta no se formuló para cuestionar su decisión, sino para ayudarla a mirar desde otro ángulo lo que la motivó a abortar. Que el método anticonceptivo falle no debería obligar a continuar el embarazo a las mujeres que no se sienten listas para maternar o no tienen las condiciones para hacerlo. Lo que debe prevalecer es la decisión de los cuerpos gestantes.
En Ecuador, la elección de los cuerpos gestantes sobre continuar con un embarazo o interrumpirlo ha sido desterrada. El derecho a decidir es sancionado con hasta dos años de prisión. Sin embargo, son las niñas y mujeres más empobrecidas las criminalizadas. Según Human Rights Watch, la mayoría son mujeres y niñas provenientes de sectores con altos niveles de pobreza, indígenas y afros.
Alicia y su amiga sabían que abortar en Ecuador era caminar en arenas movedizas. Pero ante la ausencia de un Estado responsable con la vida de las mujeres, son las amigas, junto a las redes de acompañamiento feminista, las que logran conquistar derechos. Alicia participó en una charla virtual en la que también se conectaron otras mujeres que estuvieron atentas a las recomendaciones para seguir el procedimiento. El llanto de un bebé se mezcló con la voz de la facilitadora. Una mujer que le daba de lactar a su hijo abrió el micrófono para preguntar por los riesgos del procedimiento. Quienes maternan también toman la decisión de abortar y lo hacen porque conocen los límites de sus cuerpas. Abortar puede ser un acto de amor para los hijos ya nacidos.
La charla se acabó, las voces se fueron desvaneciendo en la habitación. Sentir que no estaba sola le ayudó a Alicia a dar el siguiente paso: escribirle a la mujer designada por la organización para decirle que había decidido continuar con el procedimiento.
El proceso
Un sobre amarillo con el nombre escrito a mano contenía las pastillas. La mifepristona es circular, no tan grande como las vitaminas efervescentes. No le produjo ningún síntoma, aunque en el manual dice que podría causarle un leve sangrado. Alicia traga y espera. El tiempo pasa lento, pero en calma. Veinticuatro horas después suena la alarma y tiene que colocar debajo de su lengua cuatro misoprostoles. Ella sabe que el dolor empezará y que será el doble de intenso que el de una menstruación regular. Respira, toma agua y da play a su disco favorito del Cuarteto de Nos.
Aún con la información que tenía a la mano las preguntas crecían. Leyó todo lo que encontraba en internet, su adicción fueron los foros donde otras mujeres contaban sus experiencias. Se sentía acompañada. Se repetía con calma que “solo será como un cólico un poco más fuerte”. Los síntomas empezaron una hora y media después. El dolor llegó en oleadas que se intensificaron. El dolor, que nació en su vientre, hizo que su cuerpo se cerrara. Alicia se abrazaba para impedir que se extendiera por toda su cuerpo.
Nueve horas pasaron. Alicia, su habitación, luces apagadas, música y el teléfono aguardando una emergencia. Nada pasó. Todo pasó.
Organizaciones sosteniendo el derecho a decidir
En el informe de acceso al aborto publicado en 2021 por Surkuna, se menciona que la Fiscalía General del Estado procesó a 503 personas por el delito de aborto consentido. Estas cifras se recogen desde agosto de 2014 hasta julio de 2021. Entre 2019 y 2023, un total de 4.937 niñas menores de 14 años en Ecuador quedaron embarazadas, de acuerdo con el Mapeo de Embarazo Adolescente. Solo en 2024 hubo 772 embarazos por violencia sexual. Las mujeres y cuerpos gestantes son revictimizadas y violentadas por un Estado que no reconoce sus derechos pero sí las criminaliza anclado en mandatos patriarcales.
El castigo y el estigma hace que muchas personas gestantes no accedan a procedimientos seguros, y esto pone en peligro sus vidas.
La lucha por el acceso a un aborto seguro en Ecuador es compleja y enfrenta barreras legales y sociales que afectan la autonomía de mujeres y personas gestantes. Sin embargo, organizaciones como Women First Digital complementa los esfuerzos locales a través de la página comoabortarconpastillas.org, donde ofrece información confiable sobre el aborto con medicamentos y asesoría en línea.
Su chatbot, Ally, responde preguntas sobre el proceso, despeja dudas en tiempo real y proporciona detalles sobre el marco legal y el acceso a redes de acompañamiento. Esta iniciativa representa un recurso esencial para reducir los riesgos de salud y asegurar el acceso a información precisa, especialmente en contextos donde el aborto es limitado o criminalizado, y refiere a organizaciones locales como Las Comadres para que el acompañamiento sea más cercano.
Desde 2014, la red feminista Las Comadres acompaña a mujeres, hombres trans y personas no binarias en este proceso, ofreciendo información científica sobre el aborto con medicamentos, apoyo emocional y guía antes, durante y después del proceso. Su presencia en ciudades como Cuenca, Esmeraldas, Guayaquil, Quito, Ibarra y Lago Agrio permite extender este apoyo a lo largo del país.
Otras organizaciones escenciales en la lucha por abortos seguros en Ecuador son CEPAM, Surkuna, y Fundación Desafío, que han asumido un rol crucial en la promoción de derechos y en el acceso a la justicia reproductiva, ofreciendo espacios seguros y apoyo para quienes buscan interrumpir sus embarazos de manera informada y segura.
Estas organizaciones y recursos reafirman el derecho a decidir y buscan cubrir la necesidad urgente de autonomía y apoyo en un país donde los derechos reproductivos aún son disputados.
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