Desde los diferentes territorios del país, la pandemia se vive con crudeza y desafíos constantes. Seis lideresas sociales cuentan cómo se organizaron para sobrevivir y ayudarse entre todos y todas, de manera comunitaria, ante la falta de respuesta efectiva del Estado.

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Cuando el presidente Lenín Moreno decretó el estado de emergencia sanitaria por la pandemia del COVID-19, el 15 de marzo pasado, Yasmina Santana ya lloraba la muerte de un familiar a causa del coronavirus. La misma enfermedad le arrebataría a sus dos hermanos, incluso a uno de ellos lo tuvo que enterrar. Nadie quería correr el riesgo de contagiarse. Había mucho miedo, recuerda.

Desde hace 14 años, Yasmina dirige la Fundación de Capacitación y Formación Microempresarial en Calceta (cantón Bolívar, Manabí), dirigido para jóvenes con discapacidad física o con problemas de salud mental. Cuando ella lloraba la muerte de sus hermanos, estos jóvenes fueron su soporte emocional. Pero ellos y sus familias pasaban su propio vía crucis: empezaba a faltar la medicina y los alimentos. Los jóvenes con problemas de esquizofrenia se angustiaban por el encierro y no siempre había las medicinas para asistirlos.

En medio del duelo por la pérdida de sus hermanos, Yasmina recibía llamadas de familias que urgían víveres.

Entonces, entre las familias de la Fundación, ante la imposibilidad de encontrar hasta un Paracetamol –dice Yasmina– empezaron a compartirse las pocas medicinas que disponían en casa. Ella, incluso, tuvo que llamar a una radio local para expresar su molestia y preocupación, una acción que otros imitaron.

El trueque que se aplicó para las medicinas también fue útil para distribuir los alimentos. Yasmina observó que las familias de las zonas rurales podían ayudar con los víveres. Aquí fue clave –dice Yasmina– la voluntad de dos adultos con discapacidad, Ramón Loor y Arquímedes Muñoz. Ellos se movilizaban en una moto casa por casa para entregar y recoger alimentos. Si en una casa dejaban guineo, ahí les ofrecían maní y eso lo llevaban a otra familia. Cada familia se fue apoyando de esa manera.

Más hacia el norte, y en dirección a Colombia, se encuentra el cantón Eloy Alfaro (Esmeraldas). Es una geografía altamente biodiversa por donde cruzan los ríos Cayapas, Santiago y Onzole, que vienen a ser las principales vías naturales de comunicación entre las comunidades que ahí se asientan, como la parroquia Timbiré.  

Ahí vive Lorena Valdés, una lideresa social que integra la Junta Parroquial de Timbiré y es presidenta de la Asociación de Mujeres Afroecuatorianas. Cuando se decretó la emergencia sanitaria a causa de la pandemia, la situación fue desesperante para una zona rural donde estamos afectados por todo, dijo Lorena.

En Timbiré viven, en promedio, 2500 personas. Aquí –continúa la dirigente– no hay agua potable. Comunidades como Las Antonias, Nueva Esperanza y Nueva Unión, consumen agua del río; y otras como Sachina o San José, tienen agua entubada. Sobre las familias, la lideresa dijo que 8 de cada 10 personas son mujeres cabezas de hogar y no todas tienen un trabajo fijo.

Cuando sobrevino la cuarentena, no hubo suficientes dinero para llevar los productos a las ciudades. Eso fue doloroso para una comunidad como Timbiré que vive de la agricultura, dijo Lorena. “Hubo casos donde solo nos quedó ver como nuestros productos se dañaban”.

Entonces, las mujeres de la Asociación decidieron organizar un trueque. Timbiré produce, principalmente, plátano y cacao, pero en otras comunidades se puede encontrar papaya, borojó, arazá. Con el apoyo del presidente de la junta parroquial y los técnicos del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG), los productos se iban recogiendo en una camioneta.  

Luego, el vehículo se trasladaba a las ciudades más cercanas como Borbón, Río Verde o San Lorenzo, donde las personas trabajan principalmente en el mar. De ahí, el mismo vehículo, llevaba mariscos, cangrejos, pescados, camarones.

Al identificar la dinámica, explica Lorena, se decidió enviar “combitos”: tres pastillas de cacao, una harina de plátano, un racimo de verde, dos borojó, y limones. “Ellos nos entregaban, 10 libras de pescado, cinco libras de camarón, calamar y otros productos de mar”. Este tipo de ayuda también llegó gracias a instituciones como Maquita Cushunchic, quienes dieron kits alimenticios para más familias.

“Hemos escuchado insistentemente que debemos quedarnos en casa, pero nos hubiéramos muerto de hambre”, dijo Lorena.

De manera comunitaria, también se compartió la medicina ancestral. La dirigente dijo que las familias empezaron a preparar infusiones o vaporizaciones con las hojas de eucalipto, yerbaluisa, flor amarilla, hojas de naranjo. Otro asunto fue la desinfección: entre las autoridades de la Junta Parroquial y las mujeres de la Asociación se trabajó este asunto en varias viviendas.

Si faltaban desinfectantes como el cloro se hacía una colecta y se repartía dosificadamente en cada casa.

“Si nosotros no tomábamos esas medidas de prevención, quién lo iba a hacer” enfatizó Lorena.

Un plan de contingencia comunitario

“Aquí levantas una piedra y encuentras artistas por todo lado”, dice Dolores Nazate, dirigente barrial e integrante de Re-Trenzando Sures. Así describe la Ferroviaria Alta, un barrio popular del suroriente de Quito. En el sector también existen comerciantes que bajan a vender en el camal, hay vendedores autónomos, una alta presencia de migrantes y personas que se dedican al reciclaje.

Tras el anuncio de la cuarentena, Dolores, junto a su organización, elaboraron un plan de contingencia comunitario. Pero para ser efectivos necesitaban conocer con más precisión el vecindario. Entonces, salieron a buscar los datos.

Dolores, junto a su esposo y sus dos hijos adolescentes, y  otros miembros de la organización fueron casa por casa para conocer la situación que ahí se vivía. En 10 días ya se encontraban armando la base de datos, identificados por el grado de vulnerabilidad: alto, medio o bajo. Se tuvo un registro de 500 familias, a las que pudieron ayudar con alimentos.

Con estos datos, explica Dolores, le dijeron a la Administración Zonal Eloy Alfaro (Quito) que ellos, como líderes y lideresas, eran claves para distribuir la ayuda que el municipio proyectaba. “Ya no tenían que andar buscando la dirección, nosotros ya sabíamos dónde estaban y así se ahorraba tiempo”.

Con la data en la mano se pudo identificar quiénes necesitaban pañales para adultos mayores, medicinas para los diabéticos, leche para niños y niñas, ropa para bebés. Se dieron cuenta que la demanda era creciente y urgente. Entonces, tomaron la experiencia de la organización Cultura Viva Comunitaria en Olón, una comuna costera de la provincia de Santa Elena y que forma parte de la Ruta Spondylus. En Olón se creó un COE comunal, el mismo que decidieron replicar en Ferroviaria Alta.

En otro punto del país, en Sucumbíos, Ivonne Macías pasó por apuros, como seguramente sucedió en otras familias ecuatorianas. Ella perdió el trabajo, la misma suerte corrió su esposo. Ivonne es una de las lideresas de la Unión de Afectados y Afectadas por las Operaciones Petroleras de Texaco (Udapt), una organización que exige reparaciones ambientales hace 30 años por el caso Chevron-Texaco.

Para ella, la pandemia solamente agudiza la situación que se vive desde hace décadas por las actividades extractivas: la contaminación de las fuentes de agua, la tierra y en los animales. Como ejemplo, recuerda, que durante la pandemia ocurrió un derrame petrolero el 07 de abril pasado: las tuberías del Sistema de Oleoducto Transecuatoriano (SOTE) y el Oleoducto de Crudos Pesados (OCP) de Ecuador se rompieron. El crudo afectó seriamente el río Coca, pero sobre todo, la vida de las comunidades indígenas que se asientan a lo largo del trayecto.

“Pero ese es el derrame más grande porque cada dos meses hay derrames pequeños que afectan nuestras cuencas hídricas”, dijo.

En la cuarentena, otra situación que complejizó la vida diaria de las familias fue la educación. Para los padres y madres de familia, explica Ivonne, asumir la tele-educación resultó complejo por la falta de acceso. Por ejemplo, conseguir un celular, descargar aplicaciones sin internet estable, falta de cobertura, el aprendizaje para usar los dispositivos y las aplicaciones o simplemente no había dinero para cargar planes de datos. “Algunos pudieron seguir con las clases virtuales, pero otros no”, dijo.

Debido al confinamiento de los primeros meses, las familias se organizaron para impulsar los huertos comunitarios y el banco de semillas. Ya han logrado tener una primera cosecha de productos de ciclo corto como el tomate, el pimiento, la lechuga, la col, el pepino, la cebolla, el ajo. Apoyándose con los conocimientos ancestrales, prosigue la dirigente, también se dio paso al tratamiento de personas con síntomas asociados con Covid. El Chuchuguazo, la Zaragoza y la yerbaluisa fueron las plantas más usadas para las infusiones o vaporizaciones.

Incluso, la comunidad indígena Siekopai compartió sus saberes medicinales para el tratamiento del COVID-19. Se hizo una ceremonia para entregar esa medicina natural al Ministerio de  Salud provincial, explicó.

Odalys Cayambe: “Al menos ahora somos visibles”

Para Galápagos, la región insular ecuatoriana que vive del turismo, el impacto económico de la pandemia fue duro. Joselyn Patiño, fundadora del movimiento “The Magic Black Girls”, lo sabe bien porque ella ofrece servicios de limpieza a las embarcaciones turísticas. No hay trabajo. Gran parte de la dinámica laboral insular está atada al turismo, señala.

Esto ha motivado que, cada vez con más frecuencia, en Santa Cruz –donde ella nació– se realizan huelgas. “Cuando las personas ven las noticias pensarán que se trata de algún partido o asunto político. No”. Ella dice que las personas les piden a las autoridades una solución a lo que se vive, pero ellos solo repiten que todo depende de la autoridad nacional.

Sin embargo, la falta de respuestas efectivas desde el Estado abre caminos para acciones comunitarias. Las personas que tienen una finca o espacio para sembrar algún producto se han organizado para trabajar en minga comunitaria. “Si yo tengo un pedazo de tierra invito a mi familia o amigos para empezar a sembrar”, dijo Joselyn. Se está volviendo a la agricultura, añade.

Ella recuerda que su amigo Gian Carlos Ortiz era el dueño del restaurante Limón y Café, que se encontraba en plena la avenida principal de Santa Cruz. Él vivía del turismo, pero por la pandemia tuvo que cerrar. En la parte de alta de la isla, él tiene un terreno, entonces, incentivó a las personas que no tenían empleo para que trabajen la tierra. A ellos no se les pagaba con dinero, pero sí con alimento. Al mes y medio vieron el resultado de su esfuerzo.

En la actualidad ya son más de 20 personas y ya han logrado hacer una pequeña feria donde venden sus productos a otras familias.

O también se hace trueque: si alguien tiene banano verde lo cambia por yuca. Incluso su tío Manuel Patiño salía a pescar. Concluida la faena en el mar, repartía toda la pesca entre quienes más lo necesitaban.

Sin embargo, Odalys Cayambe, la activista trans y vocera de la organización Vivir Libre en Guayaquil (Guayas), considera que en medio de la tragedia que la pandemia ha traído, para ella esto ha sido una bendición. Por algo sencillo y a la vez duro: “al menos ahora somos visibles”.

Al comenzar el confinamiento, Odalys recuerda que muchas de sus compañeras fueron botadas de las habitaciones que alquilaban, los hoteles donde ejercían el trabajo sexual cerraron y, sobre todo las mujeres trans migrantes de otras ciudades, tuvieron que dormir debajo de los puentes para, al día siguiente, seguir prostituyéndose y así ganarse unas monedas para comer. “Arriesgando su vida, a pesar de que la muerte estaba latente”, dijo.

Lo más apremiante que tuvieron que atender fue el hambre. Al ya no poder trabajar en la calle, por las medidas dictadas para frenar la pandemia, entre ellas buscaron modos para apoyarse.

En Flor de Bastión, un populoso barrio ubicado al noroeste de Guayaquil, Odalys dirige la Casa de Acogida Transitoria Trans. Desde ahí movieron sus contactos para ubicar a las mujeres trans trabajadoras sexuales. En la casa se logró reunir a 32 mujeres trans. Entonces, comenzó la búsqueda de ayuda entre las organizaciones de la sociedad civil. La respuesta vino del Colectivo Mujeres de Asfalto, Acnur, Diálogo Diverso, Mujeres y Mujeres, entre otros.

A medida que transcurría la pandemia ya no había suficientes kits alimenticios para las compañeras. Entonces, desde la Casa de Acogida se impulsó un Comedor Comunitario. El espacio no solo brindó la posibilidad de un plato de comida para las mujeres trans sino también para los niños y las niñas u otras personas en situación de pobreza.

Pero a pesar de estas muestras de solidaridad, ellas aún son estigmatizadas.

En los exteriores de la Casa de Acogida realizaron un culto. Durante la actividad religiosa se escucharon expresiones de odio hacia las mujeres trans que ahí viven relató Odalys: el infierno y la homosexualidad, la prohibición de vestirse como mujeres, la condena moral de las relaciones sexuales entre hombres, entre otras agresiones.

Ella dejó que el culto termine para salir a reclamar por las ofensas contra la comunidad trans. De pronto, la policía llegó al sector.

Los uniformados encontraron a unas 30 personas ahí. En lugar de tomar acciones contra el grupo que estaba en desacato del distanciamiento social y sin usar mascarilla, pidieron a las mujeres trans que se metan a la casa. Ellas eran la causa del problema.

Qué dolor y enojo, sentenció Odalys.