Si Esmeraldas pudiera hablar en este preciso momento, diría con rabia y dolor lo harta que está de que su gente sufra en silencio. Diría que solo se acuerdan de ella cuando buscan un lugar donde escapar de su realidad, cuando desean disfrutar de sus playas, de su gastronomía, de su naturaleza. Pero cuando la tierra arde, cuando sus ríos se mueren, cuando el aire se vuelve veneno, la indiferencia es lo único que recibe. Esmeraldas, esa tierra olvidada, se ha convertido en un escenario de explotación y sufrimiento, y su gente, esa que la habita, no es más que una sombra que nadie ve.

Si Esmeraldas pudiera hablar, diría lo indignada que está de que se hable de la fractura del Sistema de Oleoducto Transecuatoriano (SOTE), provocada por un deslizamiento de tierra la madrugada del 13 de marzo, como si fuera una emergencia sin precedentes. ¿Qué se han olvidado de 1998? Cuando, el 26 de febrero, los tubos del oleoducto y poliducto de la refinería se rompieron, incendiándolo todo y causando la muerte de 33 personas, 18 con quemaduras graves, 15 ahogados y más de 100 heridos. Ese desastre arrasó con 1800 casas. Y lo peor, los años venideros solo trajeron más caos.

Si Esmeraldas pudiera hablar, diría que lo más doloroso es ver cómo, a pesar de todo lo que ha sufrido, la gente parece interesarse más por los deportistas y artistas excepcionales que ha parido esta Tierra Verde que por la realidad que viven quienes la habitan. A Esmeraldas solo se la recuerda cuando es útil para la vitrina del éxito ajeno, pero sus luchas cotidianas, su dolor profundo, quedan relegados a un segundo plano, como si quienes la habitan fueran invisibles para el resto del país.

Si Esmeraldas pudiera hablar, estaría pidiendo auxilio con desespero.

Desde la madrugada del 13 de marzo, Esmeraldas, Quinindé, Río Verde y Atacames han quedado sin acceso a agua potable, una necesidad básica que ya era escasa en estas tierras. El derrame de petróleo que avanza sin control ha alcanzado el Océano Pacífico, poniendo en peligro no solo el medio ambiente, sino también las vidas de aquellos que dependen del mar. Con el cierre de las playas de Camarones, Las Palmas y Las Piedras, el turismo —un pilar económico de la región— se verá seriamente afectado. Miles de familias que viven del flujo de visitantes verán cómo su principal fuente de ingresos se derrumba. Este desastre amenaza con robarle a la región su vida, su futuro.

Si Esmeraldas pudiera hablar, gritaría y diría que el daño ecológico es más profundo y extenso de lo que muchos imaginan.

El Refugio de Vida Silvestre Manglares Estuario Río Esmeraldas, un espacio crucial para la biodiversidad, ha sido severamente afectado. Los ríos Viche y Esmeraldas, fuentes esenciales de agua para las comunidades locales, están contaminados, poniendo en riesgo la salud de quienes dependen de ellos. Las aguas de los esteros Achiote y Caple, igualmente afectadas, arrastran consigo la vida que estos ecosistemas mantenían. El sector pesquero artesanal, vital para muchas familias, ha quedado devastado, al igual que los campesinos ganaderos, que ven sus tierras y su futuro comprometidos. La fauna que habita estos territorios, como nutrias, monos, pumas, peces y aves, enfrenta las consecuencias directas de este desastre. Esmeraldas aún no logra recuperarse. ¿Cuánto más se debe perder para que al fin puedan ver a Esmeraldas?

Si Esmeraldas pudiera hablar, diría que está cansada de gobernantes que solo buscan explotar sus recursos y olvidan a su gente. Daniel Noboa, con su insensibilidad a flor de piel, se atreve a utilizar el pasado como una herramienta para reforzar su imagen de “cambio”. Al exigir que PetroEcuador asuma su responsabilidad, se presenta como el salvador, pero en realidad está solo repitiendo lo que hicieron los gobiernos anteriores, sin asumir la magnitud del desastre. Levanta la bandera de un pasado lejano, como si con ello pudiera borrar los años de abandono y negligencia que la tierra ha sufrido. En lugar de afrontar la realidad, lo que hace es perpetuar una indiferencia histórica.

Si Esmeraldas pudiera hablar, diría con firmeza que lo que realmente necesita no son promesas vacías ni discursos, como el de Manzano, quien con palabras huecas dice: «De lo que el Gobierno sí será responsable es de ayudarlos hasta que esta crisis pase, de remediar y compensar. Para eso estamos». ¿Remediar y compensar qué? ¿Años de abandono estatal en un par de días? Esmeraldas ya está cansada de palabras vacías, de promesas incumplidas, de sentir que su dolor nunca termina. Lo que esta tierra sigue recibiendo es un racismo ambiental visible, constante, que nunca ha sido disimulado y que la indiferencia de siempre se empeña en ignorar.