apróximaciones teóricas y sentidas sobre la violencia, racialización y deudas históricas en Esmeraldas
Resumen
El presente artículo analiza la situación de los territorios negros en la provincia de Esmeraldas, Ecuador, a partir del concepto de necropolítica (Mbembe), entendida como una forma de poder que administra la muerte y produce poblaciones y territorios sacrificables. Se argumenta que la violencia contemporánea que atraviesa estos territorios no es un fenómeno coyuntural ni exclusivamente asociado al crimen organizado, sino la expresión histórica de un régimen de despojo racializado, heredero de la colonialidad y profundizado por el neoliberalismo y la crisis estatal. A través de una lectura estructural del abandono, el desplazamiento forzado y la militarización, el texto sostiene que Esmeraldas se ha configurado como un espacio de gestión de la muerte. Finalmente, se plantea la urgencia de una agenda de reparación histórica integral para los pueblos afrodescendientes como condición para la construcción de una paz con justicia racial.
Introducción
En los últimos años, la provincia de Esmeraldas ha sido presentada en el discurso público ecuatoriano como uno de los principales epicentros de la violencia asociada al crimen organizado. Sin embargo, esta representación suele ocultar las raíces históricas, políticas y raciales del fenómeno, reduciéndolo a un problema de seguridad o de control policial. Este artículo propone una lectura alternativa: comprender la situación de Esmeraldas como la expresión contemporánea de un régimen de necropolítica (Mbembe, 2011), inscrito en una larga historia de despojo, exclusión y racialización de los territorios negros en el Ecuador.
La hipótesis central es que la violencia actual no constituye una anomalía ni una ruptura, sino una continuidad histórica de las formas en que el Estado y el mercado han producido estos territorios como espacios marginales, sacrificables y disponibles para distintas formas de extracción y control. Desde esta perspectiva, la guerra no es un accidente, y el despojo tampoco: ambos operan como tecnologías de reordenamiento territorial y social.
Marco teórico: necropolítica, racialización y colonialidad
Achille Mbembe (2011) propone el concepto de necropolítica para describir las formas contemporáneas del poder soberano que no solo administran la vida —como en la biopolítica foucaultiana—, sino que deciden activamente quién puede vivir y quién debe morir. La necropolítica implica la producción de “mundos de muerte”, es decir, espacios donde poblaciones enteras son sometidas a condiciones de existencia marcadas por la precariedad extrema, la exposición permanente a la violencia y la desprotección institucional.
En América Latina, y particularmente en contextos afrodescendientes e indígenas, esta gestión diferencial de la vida y la muerte se articula estrechamente con la colonialidad del poder (Quijano, 2000). La racialización funciona como un principio organizador de la jerarquía social, territorial y política, produciendo zonas de privilegio y zonas de sacrificio. Los territorios negros, históricamente construidos como márgenes de la nación, encarnan de manera paradigmática esta lógica.
El despojo, en este marco, no debe entenderse únicamente como expropiación material, sino como un proceso más amplio de desposesión de derechos, de reconocimiento y de condiciones de vida digna (Harvey, 2004). Se trata de una violencia estructural que precede y excede las manifestaciones armadas actuales.
Esmeraldas: de territorio cimarrón a territorio sacrificial
La historia de Esmeraldas está profundamente vinculada a la presencia cimarrona y a la construcción de territorios de libertad negra en los márgenes del orden colonial. No obstante, esta condición nunca fue plenamente reconocida por el proyecto republicano ecuatoriano. Por el contrario, la provincia fue sistemáticamente producida como periferia interna: un espacio considerado improductivo, atrasado y problemático.
Esta construcción simbólica tuvo consecuencias materiales concretas: bajos niveles de inversión pública, precariedad crónica en infraestructura, salud y educación, y una débil presencia institucional que, lejos de garantizar derechos, reforzó históricamente la lógica del abandono. La marginalización no fue un efecto no deseado, sino un componente estructural de la forma en que el Estado-nación se constituyó sobre bases racializadas.
En el contexto contemporáneo, esta herencia se articula con nuevas dinámicas de acumulación legal e ilegal, en las que el territorio se convierte nuevamente en un botín estratégico. La expansión de economías criminales, la disputa por rutas y puertos, y la militarización progresiva de la vida cotidiana no hacen sino profundizar una lógica en la que la vida de la población local se vuelve prescindible.
La violencia como tecnología de gobierno
Una de las tesis centrales de este trabajo es que la violencia en Esmeraldas no puede ser analizada únicamente como un problema de “inseguridad”, sino como una tecnología de gobierno del territorio. La producción del miedo, el desplazamiento forzado y el control armado de barrios y comunidades cumplen una función reordenadora: vacían espacios, fragmentan tejidos sociales y reconfiguran las posibilidades de uso y apropiación del territorio.
En este sentido, el despoblamiento no es un efecto colateral, sino un resultado funcional. La necropolítica opera aquí no solo a través de la muerte directa, sino también mediante la imposición de condiciones de vida que hacen inviable la permanencia. Se trata de una forma de soberanía difusa, en la que actores estatales y paraestatales participan, por acción u omisión, en la producción de estos mundos de muerte.
Narrativas de criminalización y racismo estructural
Un elemento clave en la reproducción de este régimen es la construcción de narrativas que naturalizan la violencia y culpabilizan a las propias comunidades. Los territorios negros son representados como “zonas peligrosas”, y sus habitantes, en particular los jóvenes, como sujetos inherentemente sospechosos. Este proceso de criminalización racial cumple una doble función: legitima políticas de control punitivo y desresponsabiliza al Estado de sus obligaciones estructurales.
De este modo, las muertes se convierten en cifras, los desplazamientos en daños colaterales y el dolor en un ruido de fondo socialmente tolerable. La racialización de la violencia permite que ciertas vidas no sean plenamente lloradas (Butler, 2006), es decir, que no cuenten como pérdidas que interpelen al conjunto de la sociedad.
Mujeres negras y sostenimiento de la vida
En este escenario, las mujeres negras ocupan un lugar paradójico: son, al mismo tiempo, quienes cargan de manera desproporcionada con los efectos de la violencia y quienes sostienen los frágiles equilibrios de la reproducción de la vida. Son ellas quienes enfrentan el duelo, el cuidado, el desplazamiento y la precarización, pero también quienes organizan respuestas comunitarias, redes de apoyo y formas cotidianas de resistencia.
Desde una perspectiva de feminismo negro y popular, puede afirmarse que la necropolítica tiene un carácter profundamente generizado y racializado: expone de manera diferencial los cuerpos y los trabajos de las mujeres negras a la destrucción, al tiempo que se apoya en su trabajo invisible para evitar el colapso total de la vida social.
Deudas históricas y la urgencia de la reparación
La situación de Esmeraldas pone en evidencia la persistencia de una deuda histórica del Estado ecuatoriano con los pueblos afrodescendientes. Esta deuda no se reduce al pasado esclavista, sino que se actualiza en cada forma de exclusión, en cada omisión institucional y en cada vida perdida que no produce escándalo político.
Hablar de reparación histórica implica ir más allá de medidas compensatorias puntuales. Supone pensar en una transformación estructural que incluya, al menos, cuatro dimensiones: territorial, social, simbólica y política. Sin una redistribución real de recursos, poder y reconocimiento, cualquier discurso de paz está condenado a ser puramente retórico.
Conclusiones
El caso de Esmeraldas muestra con particular crudeza cómo la necropolítica se inscribe en territorios históricamente racializados, convirtiéndolos en espacios de gestión de la muerte. La violencia actual no es un accidente, sino la manifestación extrema de una larga historia de despojo y abandono.
Defender la vida en los territorios negros implica, por tanto, una disputa profunda por el sentido de lo político, por el derecho a existir y por la posibilidad misma de un futuro. Sin justicia racial y sin reparación histórica, no puede haber una paz que merezca ese nombre.
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