Por: Thais Nazareno
En julio de 2025, el 41,9% de los jóvenes entre 18 y 25 años en Ecuador no tenía empleo, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC). Es una cifra alarmante que supera los registros de meses anteriores, y que refleja una crisis profunda que no ha sido resuelta con programas temporales. Promesas como las de crear empleo joven, hechas desde el 2023, no han logrado cambiar una realidad que golpea sobre todo a quienes están comenzando su vida adulta, con aspiraciones y muchas veces sin oportunidades reales.
Este problema no es solo una estadística. Es una realidad que se siente con más fuerza en provincias como Esmeraldas, donde históricamente se ha vivido al margen de las prioridades políticas, con falta de inversión, acceso limitado a educación y condiciones económicas precarias. Allí, los jóvenes no solo luchan por un empleo; luchan por no caer en redes de ilegalidad, manipulación o explotación.
En un contexto así, la desesperación por un futuro mejor puede convertirse en el escenario perfecto para las estafas. A nivel nacional, las denuncias por fraudes digitales han aumentado un 71,5% en los últimos diez años. Solo entre enero y marzo de 2025, se registraron 7.940 casos. Las modalidades son cada vez más sofisticadas: correos falsos, mensajes engañosos, anuncios de trabajo que no existen, pagos por productos que nunca llegan. Las redes sociales se han convertido en una herramienta tanto para conectar como para engañar.
Muchos de estos fraudes se aprovechan de una necesidad real. Jóvenes que buscan empleo y encuentran publicaciones atractivas, que prometen salarios dignos a cambio de “una pequeña inversión” inicial. Y como no hay otra opción, muchos pagan. Y pierden.
En Esmeraldas, la situación es aún más crítica. La provincia mantiene la tasa más alta de desempleo del país, con un 8,6%, según la Encuesta Nacional de Empleo, Desempleo y Subempleo (ENEMDU) – Anual 2024. En este contexto, algunas personas con poder se aprovechan de su posición. Tanto empleados públicos como privados, utilizando la autoridad que les otorga su cargo, hacen falsas promesas de empleo a cambio de dinero. Cuando las víctimas intentan denunciar, a menudo son amenazadas. Muchos prefieren guardar silencio, ya que incluso compañeros de oficina son conscientes de estas prácticas, pero optan por no intervenir. Esta impunidad permite que los estafadores continúen con sus actos sin consecuencias.
Es dentro de esta realidad que surge la historia de quien, por seguridad, llamaremos Mariela, una joven de 19 años que viajó a Esmeraldas con la esperanza de encontrar mejores oportunidades. Se inscribió en un curso de capacitación y, al poco tiempo, fue engañada por quien debía ser su profesor. El supuesto docente ofrecía trabajos ficticios en farmacias a cambio de 450 dólares, prometiendo un sueldo de 785 dólares mensuales. Mariela, confiada, entregó el dinero, firmó un contrato falso y esperó… semanas, luego meses. El trabajo nunca llegó. Solo cuando lo confrontó y advirtió que su pareja conocía el caso, logró recuperar su dinero. Otras chicas no tuvieron la misma suerte.
Este tipo de historias son más comunes de lo que se cree. No se trata solo de fraudes, sino del abuso de la confianza, del sueño de progresar. Del uso cruel de la necesidad ajena como herramienta de lucro. Mientras tanto, la violencia en Esmeraldas sigue creciendo. En 2022, la provincia registró 63,03 muertes violentas por cada 100.000 habitantes. Grupos criminales imponen horarios, extorsionan comercios, reclutan jóvenes sin empleo. Y todo esto ocurre mientras más del 25% de la población vive con menos de 48,24 dólares al mes.
Frente a este panorama, los jóvenes no solo enfrentan la falta de empleo, sino un sistema que limita sus posibilidades de crecer y desarrollarse. No basta con soñar: se necesitan condiciones que permitan que esos sueños sean alcanzables, con educación accesible y de calidad, empleos que respeten la dignidad de quienes los ocupan y un mercado laboral que considere a todos y todas por igual. Cuando estas estructuras fallan, la desesperanza se convierte en la única alternativa para muchos, y la vulnerabilidad se transforma en explotación. Cambiar esta realidad requiere mirar más allá de soluciones individuales y construir oportunidades que realmente permitan a la juventud avanzar sin tener que renunciar a sus aspiraciones.
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