Por: Daniela Quintero y Andrés Caicedo
¿Qué significa resistir en una provincia como Esmeraldas? Resistir aquí no es una metáfora ni una consigna bonita: es una práctica cotidiana marcada por un territorio que ha sido históricamente olvidado y donde, aun así, seguimos encontrando formas de sostenernos. Resistir significa habitar un espacio donde el abandono se repite, pero también donde nos negamos a desaparecer dentro de ese silencio impuesto.
En tiempos en los que la realidad se siente tan insoportable, hablar de resistencia puede parecer vacío, incluso imposible. Sin embargo, para nosotrxs, las afrojuventudes, resistir muchas veces comienza por algo tan básico como vivir. Cada día que logramos respirar con firmeza en medio de la violencia, la desigualdad y la precarización estructural se convierte en un gesto político, aunque nadie lo nombre así.
2025 ha sido el año más violento de la historia del país y, sobre nuestros cuerpos jóvenes, cae una narrativa que insiste en que estamos perdidos, que no tenemos futuro, que somos un riesgo. Ser afro-joven en este contexto implica cargar con la adultificación, la criminalización y la sospecha constante. Y es precisamente en ese lugar, donde tantas veces han intentado definirnos desde afuera, que la resistencia encuentra su sentido: seguir existiendo con nuestra propia voz.
No buscamos romantizar la resistencia, sino reconocerla tal cual se vive. Es el cotidiano que transitamos, las memorias que heredamos y las que reconstruimos, las luchas que tejemos para no quedarnos atrapadxs en versiones incompletas de nuestra propia historia. Somos nosotrxs, las afrojuventudes, quienes convertimos lo que hacemos, lo que pensamos y lo que creamos en posibilidades que abren camino.
Coser para no desaparecer
Por: Daniela Quintero


Yo empecé a coser sin pensarlo demasiado. No fue un sueño ni un proyecto planeado. Empecé porque mi mami no quería que yo estuviera desocupada mientras se concretaba la idea de enviarme a estudiar a Quito. En ese momento la inseguridad ya comenzaba a sentirse con fuerza en Esmeraldas, y más en la zona norte. Ella siempre ha creído que una mente ocupada no piensa en nada ni nadie, así que me inscribió en un curso de costura. Era coordinadora de un centro de capacitación y, sin saberlo, me estaba dando una herramienta para sostenerme.
Durante esos seis meses aprendí a coser y me gustó. Además, ella ya antes me había enseñado un poco. Luego me fui a Quito y cosía de vez en cuando, cosas pequeñas, cuando alguien me pedía algo puntual. Pero dedicarme de lleno llegó después, cuando regresé, me gradué y me encontré con la realidad: no había trabajo. Como les pasa a muchas mujeres en este país. No es una percepción personal, es una estructura. Según la Encuesta Nacional de Empleo, Desempleo y Subempleo (Enemdu), en su versión anual de 2024, sólo el 52% de las mujeres formaba parte de la fuerza laboral frente al 77% de los hombres. Yo estaba del lado de las que no entran. Ahí la costura dejó de ser un curso y se volvió necesidad.Así nació Daquian. El nombre viene de mis apellidos y mi nombre: Da de Daniela, Qui de Quintero y An de Angulo. No quería un nombre en inglés ni uno genérico. Al principio parecía raro, difícil de recordar. Hasta que la gente dejó de llamarme Daniela y empezó a decirme Daquian. Ahí entendí que el nombre había encontrado su lugar.

Cuando hablo de lo que hago, mi primer instinto es decir “nosotras” porque no trabajo sola. Trabajo con mi mami, Bisney Angulo. Ella es la que está siempre, la que impulsa, la que acompaña. En diciembre, durante las primeras semanas, confeccioné un traje afro que se iba a modelar en un desfile. Cuando me dijeron que iban a nombrar a la diseñadora, decidí que ese reconocimiento debía ser para ella. Porque si Daquian existe, es gracias a Bisney.
Emprender aquí no es solo un mérito personal, significa pelearla todos los días. La inseguridad atraviesa todo. Hubo un tiempo en que yo soñaba que me dejaban papelitos de extorsión debajo de la puerta del negocio. Soñaba con eso. Me traumatizó. Y no era un miedo aislado. Según la base de datos del Servicio Integrado de Seguridad ECU-911, entre enero y mayo de 2025 la central de llamadas de emergencias recibió un récord de 3.092 alertas por extorsión a escala nacional. Las llamadas de emergencia por extorsión en Ecuador se dispararon un 81% en los primeros cinco meses de 2025, respecto al mismo periodo de 2023. Ese contexto se mete en la cabeza, en el cuerpo y no se puede estar tranquila.


El miedo me limitó. No invertía, no arreglaba el local, no aceptaba créditos. Pensaba que si el negocio se veía mejor, iban a creer que tenía plata. Cerré oportunidades por miedo. Hoy la inseguridad sigue ahí. Cerramos más temprano, abrimos más temprano, caminamos con cuidado. No es que haya paz, es que hemos aprendido a vivir con la violencia.
En medio de todo eso llegaron los trajes afro. Primero fue uno para una niña que necesitaba vestuario para una dramatización. Luego empezaron a pedir más. Hace unos meses los publiqué y comenzaron a escribirme desde Guayaquil, Borbón y San Lorenzo. Personas que viajan cuatro o cinco horas para confiar en nosotras. Eso me llena de emoción como no tienen idea.

Confeccionar trajes afro es confeccionar identidad. Aquí no muchas personas lo hacen. Para mí es una forma de aportar con un granito de arena. Cuando mis clientas se prueban un traje, se miran distinto. Se sienten más seguras para decir un poema, para desfilar, para mostrarse. Cuando me etiquetan, suben fotos y se van satisfechas, entiendo que el trabajo no termina en la costura, sino en lo que esa prenda provoca.En Esmeraldas, resistir también es crear. Es abrir un negocio aunque el miedo ronde la puerta. Es seguir cosiendo aunque la economía apriete y la violencia se normalice. Es sostener lo propio cuando todo parece empujar a desaparecer. Los trajes afro que salen de Daquian no son solo vestuarios: son una forma de decir aquí estamos, todavía.
Pinturas corporales y faciales como respuesta antirracista
Por Andrés Caicedo


Lo único que sabemos cuando nacemos es que estamos en otro lugar que no es el vientre de nuestra madre. Durante mucho tiempo se ha dicho que el cuerpo es un lienzo vivo que está lleno de memorias colectivas e individuales, pero ¿qué pasa cuando ese cuerpo es encadenado’ y ese lienzo vivo con memorias colectivas e individuales pasa a ser esclavizao’ y suprimido por látigos, armas y amenazas de matar a tu familia?
Durante un sabroso almuerzo con el sol de la 1:00 P. M. nos encontrábamos tirando lengua y cuchara con un grupo de compañeros y compañeras de la universidad, en ese momento se tocó el tema de las pinturas corporales y faciales afroindígenas, pa’ no extenderle el cuento, un de las personas dijo algo muy interesante: “El cuerpo tiene memoria, aunque la cultura olvide”.

A partir de esta reflexión, resulta imposible no preguntarnos por qué durante mucho tiempo no se había escuchado hablar de las pinturas corporales y faciales afroindígenas en Esmeraldas. Por ello se nos hace difícil no hacernos esta pregunta: ¿qué pasa cuando un cuerpo entra en contacto con otros cuerpos diferentes, desarrollao’s en contextos distintos? Nos referimos, entonces, a los cuerpos afros que naufragaron y que, en su momento, se encontraron con las comunidades indígenas que habitaban lo que hoy es Esmeraldas. Con todo esto, entendimos que debemos contar nuestras historias manejando otra narrativa pa’ llegar a nuestra gente: una narrativa visual que se exprese desde las pieles racializadas.
Las Voces Esmeraldas se levanta como una guacharaca que busca empoderar la memoria y revalorizar la cultura afroesmeraldeña. Hemos tenido la oportunidad de contar historias desde diferentes pieles en distintos puntos de la ciudad de Esmeraldas, y con ello se busca atraer las miradas bochincheras e incluso aquellas que se encuentran perdidas. En relación con esto, me gustaría traer a colación lo que dice Frantz Fanon en su obra Piel negra, máscaras blancas (1952), donde explica que el racismo no es solo un sistema político o económico; es una mirada que fija al sujeto negro e indígena dentro de un tambucho de inferioridad.

Esta fijación no solo opera en la mirada cotidiana, sino también en las cifras oficiales que dicen quién cuenta y quién no. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), la población afroecuatoriana descendió en 227.091 personas entre 2010 y 2022, pasando de representar el 7,2 % al 4,8 % del total de la población, por debajo de los mestizos (77,5 %), indígenas (7,7 %) y montubios (7,7 %). En el último censo nacional de 2022, apenas un 4,8 % de la población se autoidentificó como afrodescendiente, una cifra que ha sido duramente cuestionada por organizaciones y académicos, quienes han señalado este proceso como un posible “etnocidio estadístico”. No es que nuestros cuerpos hayan desaparecido; es que el racismo también opera borrándonos de los registros, negándonos incluso el derecho a nombrarnos.
En este escenario de borramiento y fijación, las pinturas corporales y faciales afroindígenas nacen de esos dos cuerpos —negros, afrodescendientes e indígenas— que históricamente han sido empobrecidos, perseguidos y negados, incluso en los registros oficiales. Estos cuerpos, que hoy aparecen reducidos a cifras cada vez más pequeñas, siguen siendo territorios vivos de memoria. En la actualidad, estas pinturas han evolucionao’ y ya no cumplen únicamente el objetivo que tenían antes —diferenciarse entre grupos o comunidades, o marcar la transición de la niñez a la adolescencia o a la adultez—; más bien, se han adaptao’ a nuevas corrientes y contextos que buscan imponer tendencias y silencios, y desde ahí se resignifican como una respuesta política y visual frente a un sistema que insiste en invisibilizarnos.
Por eso, desde las juventudes racializadas y empobrecidas por aquellas personas que están en el poder —que solo nos llegan a ver cuando quieren algo de nosotros y nosotras— pintamos nuestros cuerpos rebeldes como lienzos poéticos y políticos. Estos buscan contar y ser visibles en un territorio que muchas veces es invisibilizado, porque ya no queremos que nos traten como juyumbos y juyumbas por una mentira camuflada de verdad que fue impuesta y sembrada en nuestra sociedad.
Nuestro cuerpo reclama con una voz que no tiene palabras ni sonido, reclama lo que por muchos años intentaron borrar, reclaman por una mejor educación, por vidas dignas, porque cuando vuelvan a florecer los guayacanes ya encontrarán a una sociedad distinta que no come de sus palabras racistas.
Si te gustaría ver cómo se convierte el cuerpo en lienzos poéticos y políticos puedes ver los resultao’s en el siguiente link: http://linktr.ee/lasvoces.esmeraldas