Este viernes 30 de enero de 2026, se registró una explosión en la Refinería de Esmeraldas a las 11h00, Una densa columna de humo negro se elevó desde una piscina de slop ーárea externa destinada al manejo de residuos de hidrocarburos ー de acuerdo con el comunicado oficial de Petroecuador y cubrió todo el cielo de la ciudad. Además, la empresa petrolera descartó que haya personas heridas o afectaciones en las operaciones del establecimiento. Y sin reparo alguno aseveran que la reEste viernes 30 de enero de 2026, se registró una explosión en la Refinería de Esmeraldas a las 11h00, Una densa columna de humo negro se elevó desde una piscina de slop ーárea externa destinada al manejo de residuos de hidrocarburos ー de acuerdo con el comunicado oficial de Petroecuador y cubrió todo el cielo de la ciudad. Además, la empresa petrolera descartó que haya personas heridas o afectaciones en las operaciones del establecimiento y sin reparo alguno aseveran que la refinería sigue operando con “normalidad” ¿De qué normalidad hablamos? Cuando las llamas siguen vivas y tan solo 24 horas antes, la Empresa Pública Mancomunada de Agua Potable y Saneamiento Esmeraldas (EPMAPSE) anunció la suspensión temporal de la captación y bombeo de agua potable en Esmeraldas, Atacames y Rioverde, debido a un derrame de crudo ocurrido el jueves 29 de enero en la parroquia San Mateo, sector Dile. Estos hechos vuelven a encender una preocupación recurrente: la fragilidad del acceso al agua y la facilidad con la que la contaminación petrolera pone en riesgo a la población esmeraldeña.

La violencia y la inseguridad nos atraviesan, sí. Pero la violencia que atraviesa Esmeraldas no se limita a las cifras ni a los discursos sobre criminalidad. También se expresa cuando el humo nos asfixia cada vez que la refinería se incendia, cuando el acceso al agua se interrumpe cada vez que ocurre un derrame. Son violencias que rara vez aparecen en las estadísticas, pero que golpean directamente la salud, la vida cotidiana y la tranquilidad de quienes habitan este territorio. La ubicación de la refinería no es casual. Los riesgos y sus consecuencias siempre fueron conocidos. Han hecho que vivir en Esmeraldas sea un sacrificio constante. En nombre del “progreso”, Esmeraldas y su gente pagan, una y otra vez, las consecuencias.
¿Dónde están quienes dicen “preocuparse” por la seguridad de Esmeraldas cuando el territorio arde, cuando el aire se vuelve irrespirable y cuando el acceso al agua queda a merced de un derrame? El discurso de la seguridad se activa con facilidad para justificar control, militarización y uso de la fuerza, pero desaparece cuando se trata de responder ante incendios, derrames o amenazas directas a la salud de la población. En esos momentos no hay urgencia, no hay indignación pública, no hay acciones concretas.
La seguridad no puede reducirse a armas, balas o presencia militar. De eso, en Esmeraldas, ya hay un exceso. Seguridad también es salud pública, es agua segura, es alimentación, es la posibilidad de vivir sin miedo a enfermar por el entorno que habitamos. Ignorar estas emergencias mientras se invoca la “seguridad” para otros fines no solo es incoherente, es una forma de violencia institucional que deja a la población expuesta y sin protección.
No es normal que esto ocurra. Y no es normal que ocurra con esta frecuencia. El derrame de más de 25 mil barriles de petróleo en marzo de 2025 no fue una triste casualidad, estuvo precedido por múltiples derrames menores que fueron ignorados hasta que el desastre se desbordó. Lo que ocurre hoy responde a una lógica de negligencia acumulada, donde el daño se repite sin reparación ni garantías de no repetición. En Esmeraldas no se ha aceptado vivir entre humo, derrames y alertas: se nos ha impuesto como forma de vida. Balas hay de sobra; la dignidad y la calidad de vida siguen pendientes.