por: Mauricio Pineda y Arturo Toala Quimis

En los territorios afrodescendientes, la violencia estatal no se manifiesta únicamente a través de la ausencia ni exclusivamente mediante la fuerza armada. Abandono y militarización operan de manera complementaria como tecnologías de gobierno racializadas que organizan el espacio, regulan los cuerpos y delimitan las posibilidades de vida. Lejos de ser respuestas coyunturales a crisis de seguridad, ambas prácticas forman parte de una política antinegra de largo aliento que administra la precariedad y normaliza la muerte en contextos históricamente racializados.

Este entramado se expresa tanto en la codificación militar del espacio público como en la retirada sistemática del Estado de sus obligaciones sociales básicas. Mientras unos territorios son marcados como “zonas rojas” y ocupados por fuerzas armadas, otros —frecuentemente los mismos— son despojados de inversión en educación, salud y cultura. La violencia no aparece entonces como un accidente, sino como una consecuencia directa de una arquitectura estatal que produce desigualdad, sospecha y exclusión.

Con este contexto, los textos que siguen exploran cómo esta lógica se materializa en el territorio.

La codificación del espacio público bajo la presencia de la militarización en contextos afrodescendientes y negros

Por: Mauricio Pineda

En los contextos afrodescendientes y negros de América Latina y el Caribe, el espacio nunca ha sido neutral. Desde la trata transatlántica hasta las diásporas contemporáneas, el territorio ha sido un campo de batalla donde se inscriben relaciones de poder, resistencia y memoria. La militarización de estos espacios representa una “producción social del espacio”, donde el ordenamiento geográfico se convierte en un mecanismo de control político y racial.

En el caso ecuatoriano, esta lógica se despliega en un contexto de violencia extrema que refuerza y legitima la ocupación militar del territorio. La militarización implementa una codificación del espacio afrodescendiente donde las comunidades son cartografiadas como “zonas rojas” o “territorios de alta incidencia delictiva” estableciendo puntos de control, retenes vehiculares y patrullajes aleatorios que reconfiguran la movilidad cotidiana. 

El espacio se segmenta en áreas “permitidas” y “sospechosas”, afectando especialmente a jóvenes negros/afrodescendientes, cuyo mero tránsito es criminalizado. No es casual que las desapariciones forzadas registradas por Amnistía Internacional en el informe “Son militares, yo los vi” se concentren en provincias como Esmeraldas, Guayas y Los Ríos — territorios que, ya sea por asentamiento histórico o por procesos de migración interna, concentran una importante población negra/afrodescendiente — y que hayan ocurrido en el marco de operativos de seguridad realizados en 2024. Esta convergencia entre violencia estatal, militarización del territorio y negritud/afrodescendencia configura una combinación profundamente peligrosa, en la que el control del espacio se traduce en persecución, desaparición y muerte.

.Aunque la militarización se ha presentado mediáticamente como la solución para reestablecer la seguridad pública en Ecuador, nada parece estar más alejado de esa promesa, ya que entre el 1 de enero de 2025 y el 30 de junio de 2025 el país registró 4.619 homicidios intencionales, un incremento de 1.476 homicidios en comparación con el mismo periodo de 2024, según el Observatorio Ecuatoriano de Crimen Organizado (OECO). En el mismo período de 2024, el país había reportado 6.350 muertes violentas, lo que confirma un incremento sostenido de la violencia letal. Esta tendencia se profundiza si se consideran las cifras oficiales del Ministerio del Interior, que confirman que Ecuador tuvo en 2025 el año más violento de su historia: hasta noviembre se contabilizaron 8.393 homicidios intencionales, superando ya el récord de 2023, cuando se registraron 8.248 casos en todo el año. 

La presencia militar en los territorios racializados negros/afrodescendientes no ha generado sino un aumento en los índices de letalidad y conflictividad. Lejos de concebirse como una estrategia efectiva contra el crimen, la militarización se implementa al margen de las necesidades urgentes de la población, ignorando las demandas de seguridad integral y el bienestar de sus habitantes, sobre todo si hablamos de garantizar derechos fundamentales.

El peligro de la militarización del espacio público radica en la combinación letal de una doctrina diseñada para identificar y neutralizar amenazas, con prejuicios raciales arraigados en el racismo estructural. Esta fusión resulta fatal para las comunidades y corporalidades negras que habitan territorios afrodescendientes que se encuentran militarizados, pues consolida la percepción de la negritud como sinónimo de peligrosidad. Dicha asociación naturaliza la violencia y justifica acciones militares, incluso las más extremas, en nombre de la soberanía y la seguridad nacional, sacrificando así vidas negras como un daño colateral aceptado. No hay que olvidar el caso de los 4 niños de las Malvinas que inicio justificando el accionar militar y revictimizándolos mediáticamente a las víctimas.

En el marco de un “conflicto armado interno” donde se construye discursivamente un “enemigo interno”, prácticas como los registros arbitrarios, el perfilamiento racial y el uso desproporcionado de la fuerza se consolidan como un dispositivo de control sumamente violento que llega a ser mortal. Este dispositivo no solo vulnera derechos fundamentales, sino que anula la posibilidad de un territorio seguro y accesible para toda la población.

Además, la presencia militar suele operar bajo un régimen de excepcionalidad prolongada, acompañado de medidas como toques de queda. Este marco legal excepcional no solo obstruye los procesos judiciales ordinarios y afecta gravemente la economía local, sino que también blinda el accionar militar, otorgándole un alto grado de impunidad.

Geometría del Abandono: El artivismo como mecanismo de resistencia frente al abandono estatal en Esmeraldas

Por: Arturo Toala Quimis 

Hablar de la geometría del abandono en Esmeraldas implica reconocer que la pobreza no se distribuye al azar. Tiene forma, tiene territorio y responde a una historia de decisiones políticas. Pese a ser una provincia rica en recursos naturales, Esmeraldas concentra altos y persistentes niveles de pobreza y pobreza extrema, una condición estructural profundizada por el abandono estatal, la corrupción y la falta de inversión pública. Estudios y análisis territoriales han mostrado cómo el desempleo, la precariedad de los servicios básicos y la exclusión social se superponen en los mismos espacios, configurando un mapa de vulnerabilidad que se repite en el tiempo.

Fuera de la capital provincial, la situación se agudiza. Según los instrumentos oficiales de planificación territorial de la provincia de 2015 – 2025, más del 80% de la población de los cantones enfrenta condiciones de pobreza, y más del 44% vive en pobreza extrema. A estas cifras se suman tasas de desnutrición crónica infantil que superan el 20%, niveles de analfabetismo cercanos al 6% y una mortalidad infantil superior al promedio nacional. Este conjunto de datos no solo describe un contexto social adverso: delimita el lugar desde el cual pensar, escribir y crear se vuelve una forma de resistencia.

Por eso, escribir desde la periferia no es solo un acto estético, es una declaración de guerra contra el olvido. En el contexto de la provincia de Esmeraldas, Ecuador, la intersección entre violencia, cultura y política antinegra no es una teoría abstracta, sino una realidad palpable que se respira en el aire salitroso y se camina sobre el asfalto agrietado y con baches. En ese contexto, desde la periferia escribimos el texto artístic-académico titulado “Geometría del Abandono: Una autoetnografía literaria desde el sentipensamiento esmeraldeño” que emerge precisamente como una respuesta artivista a esta realidad, funcionando como una brújula para navegar entre el despojo estatal y la dignidad cimarrona.

El documento base realiza una disección quirúrgica de lo que he denominado la «geometría del abandono». Este concepto trasciende la simple falta de recursos; esta geometría se configura como una política antinegra sistemática. Como señalo en el análisis, el abandono estatal en Esmeraldas, una provincia donde el 72% de la población se autoidentifica como afrodescendiente, no es un accidente, sino un diseño muy bien elaborado que hasta nos hacen creer que lo merecemos. La «Arquitectura del Estado», descrita en el poemario homónimo, revela que la única presencia institucional efectiva es la represiva: el Estado llega con «botas y fusil«, pero se ausenta en la educación y la salud. 

Las cifras no son neutras: expresan decisiones y prioridades institucionales. La inversión por estudiante en la Universidad Técnica “Luis Vargas Torres” es casi la mitad de la asignada a las universidades de la capital, mientras que las tasas de analfabetismo en la provincia duplican el promedio nacional. Estas brechas educativas no son aisladas, sino que se inscriben en una estructura de desigualdad racializada que limita de manera sistemática el acceso de la juventud afroesmeraldeña a recursos formativos y oportunidades sociales, contribuyendo a la reproducción de la pobreza y la violencia.Esta situación se refleja también en los indicadores socioeconómicos más recientes. Según los datos oficiales del Censo Nacional de 2022, Esmeraldas registra la tasa de desempleo más alta del país, con un 8,6%. A ello se suma un acceso profundamente desigual a los servicios básicos: cerca del 70% de los hogares no cuenta con alcantarillado y alrededor del 40% carece de agua potable por red pública. En conjunto, estas condiciones ubican a la provincia entre las tres con mayores niveles de necesidades básicas insatisfechas a escala nacional, junto con Orellana y Morona Santiago.

Ante esta realidad, el artivismo se posiciona como un lenguaje alternativo para comprender y confrontar el abandono estatal. Propone una ruptura epistemológica a través del sentipensamiento esmeraldeño frente a la violencia y racismo epistémico que desvaloriza los saberes locales, esta propuesta valida la emoción, el territorio y la oralidad de nuestra gente como fuentes legítimas de conocimiento. La cultura aquí no es folclor, es resistencia. Al utilizar la autoetnografía y la poesía como métodos de investigación buscamos desafíar las narrativas hegemónicas que reducen a Esmeraldas a la crónica roja. Poemas como «Ingeniería de la Apatía» denuncian cómo el sistema busca adormecer la conciencia colectiva a través del espectáculo y la precariedad, intentando normalizar la sangre y el silencio.

En este escenario de política antinegra, donde los cuerpos racializados son medidos con una «doble geometría» de sospecha y exclusión, la obra destaca la capacidad de re-existencia de la comunidad. La memoria histórica juega un papel crucial. En «Rebeldía Pérdida», se invoca la «estirpe cimarrona» y la fuerza del manglar no como añoranza del pasado, sino como combustible político para el presente. La cultura afroesmeraldeña, con su marimba y sus arrullos, se convierte en una trinchera de dignidad frente a un proyecto de marginalización histórica.

El análisis del poemario Geometría del Abandono nos lleva a una conclusión ineludible: la paz es una condición sine qua non para la vida y el arte. En «Axioma de Armonía», se establece que para que florezca la cultura, «las balas deben callar». La investigación demuestra que la autoetnografía literaria es más que un ejercicio académico; es un acto de sanación y justicia política. Al cartografiar el dolor desde el sentipensamiento, se recupera la voz propia para denunciar la injusticia y, sobre todo, para reimaginar un territorio donde la negritud no sea sinónimo de abandono, sino de potencia, vida y libertad. Esmeraldas, contada desde adentro, deja de ser solo una estadística de violencia para convertirse en un mapa de resistencia inquebrantable.

Pueden leer el poemario completo en el siguiente enlace: https://linktr.ee/arturo.toala

Amandla Medio