Por: Andrea Ostaiza

En Esmeraldas, una ciudad atravesada por la desigualdad, el abandono estatal y la presencia de bandas que reclutan a niños y jóvenes, la infancia muchas veces crece entre riesgos que condicionan su presente y su futuro. En medio de ese escenario surge Pelad@s: Infancias sin violencia, un proyecto que busca abrir un espacio donde niñas, niños y adolescentes puedan expresarse, reflexionar sobre sus vivencias y reconocerse más allá de los contextos difíciles que los rodean.

Por ahora, el proceso vacacional lleva dos semanas de interacción. Al inicio, varios niños y jóvenes llegaron con miedo, con timidez o sin muchas ganas de participar. Algunos incluso dijeron que estaban allí obligados. Sin embargo, con el paso de los días el ambiente comenzó a transformarse. Quienes entraron por compromiso fueron encontrando un lugar para abrirse; quienes casi no hablaban empezaron a expresarse a través del dibujo o la escritura. En la segunda semana, muchos de ellos ya compartían sus ideas con mayor soltura y comenzaron también a relacionarse con otros compañeros.

La primera semana estuvo dedicada a trabajar valores sociales como el respeto, la responsabilidad, la empatía, la tolerancia, la honestidad y la solidaridad. En una de las dinámicas se lanzó una pregunta sencilla pero reveladora: “Levante la mano quien alguna vez recibió burlas por su estatura, por su pelo, por sus dientes, por su peso o por su color de piel”. Poco a poco, varias manos se levantaron en el salón. En ese momento, los niños y jóvenes descubrieron algo que los unía: muchos habían pasado por experiencias similares. A partir de allí comenzó una conversación sobre el poder de las palabras, sobre cómo estas pueden construir o destruir.

Las reflexiones fueron más allá de definiciones simples. Se habló de que la responsabilidad no es solo cumplir tareas o deberes, sino también reconocer el impacto que pueden tener nuestras palabras y acciones en la vida de otros. Que el respeto no se limita a la relación con los demás, sino también con uno mismo: con la forma en que nos vemos, con cómo permitimos que nos traten, con cómo hablamos de nosotros mismos y con el cuidado hacia la naturaleza que nos rodea. La tolerancia, por su parte, fue entendida como la capacidad de convivir con las diferencias, aceptar que no todos pensamos igual y que esa diversidad también nos enriquece.

La conversación sobre la empatía abrió una reflexión aún más profunda. Más que “ponerse en los zapatos del otro”, los participantes imaginaron qué significaría realmente habitar esos pasos. Porque —como dijeron algunos— las tallas de zapato no son las mismas, los caminos no son iguales y nadie ha caminado exactamente el mismo tiempo ni las mismas distancias. Comprender al otro implica reconocer esas diferencias y tratar de imaginar su mundo desde el respeto y la escucha.

Las actividades también buscaron explorar la identidad desde el arte. Cuando el tema fue ¿quién soy?, los más pequeños dibujaron y escribieron frases que hablaban de sus gustos, sus sueños y las cosas que los hacen únicos. Los adolescentes respondieron a esa misma pregunta a través de cartas, cuentos y dibujos.

Uno de los ejercicios más significativos se tituló “Soy más de lo que ves”. La propuesta invitaba a imaginar un mundo sin ojos, un lugar donde no pudiéramos reconocernos físicamente. En ese escenario, la pregunta era inevitable: ¿cómo sabríamos quién es quién? A partir de esa reflexión, cada participante empezó a describirse desde aquello que no siempre se ve a simple vista: sus valores, sus historias, sus sueños y las experiencias que han marcado su vida.

En medio de esa primera semana, también hubo espacio para celebrar la vida. Se compartieron dos cumpleaños, momentos sencillos, pero profundamente significativos. Más allá de la torta, los regalos o cualquier forma de festejo, lo importante fue el gesto colectivo: el canto, las sonrisas, el reconocimiento mutuo. Porque celebrar desde la infancia también es una forma de aprender qué es el amor. Un amor que no se mide en lo material, sino en el calor de quienes nos rodean, en la compañía y en el sentirse visto, nombrado y valorado por otros.

Durante la segunda semana, el proyecto dedicó un espacio especial a la identidad cultural. A través de conversaciones, música y actividades colectivas, los niños y jóvenes exploraron elementos de la cultura esmeraldeña: su gastronomía, mitos y leyendas, sus expresiones artísticas y sus tradiciones. Se habló de los chigualos, alabaos y arrullos, y se analizaron canciones que, además de invitar al baile, también cuentan historias, denuncian injusticias y reclaman dignidad.

Las jornadas incluyeron también momentos para compartir sabores del territorio. Los participantes probaron dulces y bebidas típicas, como: champú, casabe, masato y cocadas, mientras conversaban sobre las memorias culturales que acompañan esos sabores. En medio de estas actividades se desarrolló un taller de pinturas faciales y corporales facilitado por el proyecto Las Voces Esmeraldas, donde se habló sobre la cultura chachi y la afroesmeraldeña, acercando a los niños y jóvenes a distintas formas de comprender la identidad y el territorio, y a su vez, reforzando el compañerismo, pues muchos se animaron a ser lienzo y otros los artistas.

La semana cerró con un ejercicio colectivo: dibujar, en grupos y parejas, cómo ven Esmeraldas. En los papeles aparecieron barrios, ríos, casas, sabores, colores, recuerdos y también preguntas sobre el futuro. Cada dibujo se convirtió en una manera de mirar la ciudad desde los ojos de quienes la habitan desde la infancia.

En un territorio donde la violencia muchas veces intenta marcar el destino de los más jóvenes, abrir espacios de escucha, creación y reflexión se convierte también en una forma de resistencia. Pelad@s propone precisamente eso: un lugar donde la infancia pueda detenerse, pensarse y sentirse acompañada, lejos de las dinámicas que buscan convertirlos en cuerpos descartables dentro de economías violentas.Más allá de las actividades o del calendario vacacional, el proceso deja algo que no siempre aparece en las estadísticas: el momento en que una niña o un niño descubre que su voz tiene valor. En una ciudad donde demasiadas historias comienzan con abandono y riesgo, iniciativas como Pelad@s recuerdan que también es posible construir otros relatos. Relatos donde las infancias pueden nombrarse, crear y reconocer que son —como ellos mismos lo dijeron en uno de los ejercicios— mucho más de lo que se ve.

Amandla Medio