El deterioro de la democracia no ocurre de golpe. No llega con un quiebre evidente ni con una sola decisión que lo explique todo. Más bien, se va instalando de a poco, casi sin hacer ruido, a través de medidas que parecen aisladas pero que, juntas, van cambiando las reglas del juego. En Ecuador, durante el gobierno de Daniel Noboa, esa sensación empieza a tomar forma en la vida cotidiana: en cómo se gobierna, en cómo se decide y en cómo se justifica cada medida.

Al inicio pueden parecer hechos puntuales: estados de excepción que se vuelven frecuentes, militares en las calles, reformas urgentes que no pasan por un debate amplio. Pero también aparecen señales más sutiles y, por eso mismo, más difíciles de discutir. El adelanto de elecciones seccionales, justificado por el fenómeno de El Niño, abre preguntas sobre la estabilidad de las reglas electorales. A esto se suman tensiones con partidos y organizaciones políticas, sanciones o trabas que, para algunos sectores, no siempre tienen fundamentos claros. Son decisiones que no rompen la democracia de inmediato, pero sí la van empujando hacia un terreno más incierto.

Nada de esto implica, por sí solo, el fin de la democracia. Pero sí permite dibujar un paisaje político donde las reglas parecen moverse, donde las instituciones se tensionan y donde el margen de lo democrático se vuelve más difuso. La democracia sigue en pie, pero se siente distinta, más frágil en su funcionamiento diario. Este tipo de preocupaciones no son exclusivas de Ecuador. En la región, casos como el de Javier Milei muestran dinámicas similares: discursos confrontativos, uso intensivo de decretos y una narrativa que deslegitima al adversario político. Esto sugiere que estamos frente a un fenómeno más amplio en América Latina, donde la democracia no desaparece, pero cambia de forma.

En ese contexto, el pasado 27 de marzo participamos en la presentación del informe “Alerta Democrática: Marcadores críticos de riesgo autoritario en el primer año de gestión de Javier Milei” de Asuntos del Sur en la Embajada de Canadá en Argentina. El encuentro reunió a voces de la sociedad civil, la academia y el periodismo para discutir cómo se empieza a erosionar una democracia, incluso cuando todo pareciera seguir funcionando con “normalidad”

El informe presenta los Marcadores de Erosión Democrática (MED), una herramienta pensada para detectar señales de alerta temprana: discursos que excluyen, políticas que restringen derechos o prácticas que debilitan los controles institucionales. No busca señalar culpables de forma inmediata, sino ordenar la conversación y ofrecer criterios para analizar procesos que suelen ser complejos y graduales.

Durante la jornada, el director Matías Bianchi insistió en una idea clave: lo que dicen los líderes políticos no es menor, porque muchas veces termina convirtiéndose en decisiones concretas. En otras palabras, los discursos no se quedan en palabras; preparan el terreno para lo que después se vuelve política pública. De ahí la importancia de escuchar con atención, incluso aquello que en un inicio puede parecer exagerado o improbable.

Bianchi también señaló que la reducción del Estado, una tendencia visible en varios gobiernos de la región, no es solo una discusión técnica. Implica quitar herramientas a la estructura que debe garantizar derechos, lo que puede tener consecuencias directas en la vida de las personas. Esta reflexión conecta directamente con lo que empieza a observarse en Ecuador con la fusión de ministerios y recorte de personal en el sector público. 

Los estudios impulsados por Asuntos del Sur ya se han desarrollado en países como Colombia y España, lo que permite comparar realidades distintas y encontrar patrones comunes. Esa mirada comparada ayuda a entender que estos procesos no son aislados, sino parte de una tendencia más amplia que atraviesa diferentes contextos políticos.

En Ecuador, impulsar un ejercicio similar sería especialmente relevante. No solo permitiría entender mejor lo que está pasando, sino también ordenar la discusión pública con evidencia, identificar riesgos a tiempo y construir respuestas colectivas. Porque si el deterioro de la democracia es gradual, también lo puede ser la capacidad de anticiparlo, nombrarlo y enfrentarlo.

Samira Folleco