Hacer arte en Ecuador es, en muchos sentidos, resistir dos veces: a las dificultades propias de la creación y, al mismo tiempo, a un contexto estructural que históricamente ha relegado al sector cultural a un lugar secundario. La eliminación del Ministerio de Cultura y Patrimonio como cartera independiente, mediante el Decreto Ejecutivo 60 del 24 de julio de 2025, y su absorción en el nuevo Ministerio de Educación, Deporte y Cultura, marca un punto de inflexión preocupante. Más que una simple reorganización administrativa, este hecho deja en evidencia cuáles son las prioridades del Estado: restarle autonomía a la cultura y, con ello, limitar su capacidad de incidencia.
Sin embargo, incluso en medio de este panorama, lxs artistas han demostrado ser fundamentales en los momentos más críticos del país. Durante los 31 días de resistencia frente al alza del diésel y otras demandas sociales, el arte se consolidó como un lenguaje de lucha, memoria y cohesión colectiva. Murales, música, performance y poesía tomaron las calles, evidenciando que el arte tiene la capacidad de seguir transformando, incluso cuando se intenta debilitarlo. Esto reafirma una de sus verdades más contundentes: el arte también es político.
De acuerdo con los datos más recientes del entonces Ministerio de Cultura y Patrimonio, en agosto de 2017 el Registro Único de Artistas y Gestores Culturales (RUAC) contaba con 5.700 actores culturales a nivel nacional, de los cuales el 66% no tenía acceso a seguridad social. Esta cifra no solo resulta alarmante, sino que evidencia un abandono sostenido que no comienza con la reciente fusión institucional. La falta de información actualizada refuerza esta problemática, pues revela un desinterés estructural por comprender cómo viven realmente lxs artistas y cuáles son hoy sus condiciones laborales.
Esta realidad adquiere matices aún más complejos en territorios como Esmeraldas. Allí, lxs artistas enfrentan la falta de presupuesto, el escaso apoyo estatal y la débil respuesta de las instancias locales. A pesar de ser un bastión de la cultura a nivel nacional, muchxs se ven obligadxs a migrar para poder desarrollarse profesionalmente. La desidia institucional no solo precariza sus condiciones de vida, sino que también pone en riesgo la continuidad de saberes ancestrales.
A esto se suma la dimensión de género, que atraviesa profundamente el campo artístico. Las mujeres y disidencias enfrentan barreras adicionales: menor acceso a financiamiento, invisibilización de su trabajo y mayores niveles de violencia y exclusión. Pensar el arte en Ecuador sin una perspectiva de género es ignorar una parte fundamental de su realidad.
A pesar de todo, lxs artistas siguen creando, enseñando, gestionando y sosteniendo espacios culturales. Continúan apostando por el arte como una forma de vida y como una herramienta de transformación social. Hablar de arte no puede reducirse únicamente a lo estético o al entretenimiento; implica reconocer las deudas estructurales del Estado y la sociedad con el sector cultural, pero también agradecer y visibilizar el trabajo de quienes, incluso en condiciones adversas, hacen del arte un acto de resistencia cotidiana.
En Ecuador, hacer arte no debería ser sinónimo de una lucha constante por sobrevivir, sino el ejercicio pleno de un oficio digno, reconocido y sostenido en condiciones justas.
- Hacer arte en Ecuador es resistir dos veces - abril 17, 2026
- ¿Estamos sufriendo el nuevo Ecuador o la nueva copia de Estados Unidos? - abril 10, 2026
- No podemos hablar de felicidad si no podemos acceder a justicia - marzo 20, 2026