¿Alfabetización de la violencia y el miedo, quizá?
La alfabetización suele entenderse como el proceso de aprender a leer, escribir, comprender y comunicarnos. Pero, ¿qué pasa cuando el contexto nos obliga a aprender otro lenguaje? ¿cuándo hay que leer más allá de las letras? ¿cuándo el miedo y la violencia se vuelven los nuevos lenguajes a ser entendidos? En Ecuador estamos aprendiendo a nombrar desapariciones, homicidios, estados de excepción, militarización, operativos, cuerpos encontrados y familias que buscan respuestas. Estamos aprendiendo a leer las señales del miedo y a reconocer nuevas formas de violencia. Todo esto lejos de ser deliberado, sino porque se han vuelto parte de nuestra vida cotidiana.
Violencia, miedo, violencia y miedo, las constantes variables en que fluctúa hoy el tan desesperanzador “Nuevo Ecuador” y los números solo lo confirman. El Índice de Conflictos de ACLED, siglas en inglés de Armed Conflict Location & Event Data (Datos de Ubicación y Eventos de Conflictos Armados), es un sistema de monitoreo global independiente e imparcial que recopila, analiza y mapea datos sobre conflictos y protestas. Su Índice de Conflictos analiza la violencia a partir de cuatro dimensiones: letalidad, peligro para la población civil, expansión geográfica y presencia de grupos armados. En su última medición, Ecuador ocupó el sexto lugar entre los países con mayores niveles de conflicto en el mundo, apenas tres puestos por debajo de Palestina.
Que Ecuador ocupe ese lugar en un índice global puede parecer una cifra más, pero adquiere otra dimensión cuando la violencia deja de ser un dato y se convierte en parte de la experiencia cotidiana. En lo que va de 2026, esa realidad se expresa en cifras que ya aprendimos a escuchar casi todos los días. De acuerdo con Investoria Foundation, una organización de la sociedad civil orientada a promover el desarrollo sostenible mediante la investigación y la generación de proyectos sociales, con énfasis en reducir las desigualdades sociales, económicas y ambientales en Ecuador y América Latina, hasta el 20 de agosto se registraron en Ecuador 4.882 homicidios intencionales y 4.507 denuncias de personas desaparecidas. Esto significa, en promedio, 23 homicidios y 21 denuncias de desaparición cada día. Guayas concentra la mayor cantidad de homicidios, mientras Quito registra el mayor número de denuncias por desaparición. Son cifras que, repetidas día tras día, corren el riesgo de convertirse en parte del paisaje.
Sin embargo, hay territorios donde esta pedagogía de la violencia no es nueva. En Esmeraldas, la violencia y el miedo conviven desde hace años con el abandono estatal, la desigualdad, el racismo y la falta de garantías para vivir dignamente. También hemos visto cómo las respuestas del Estado llegan tarde o se concentran en la presencia militar, mientras las condiciones que hacen más vulnerables a determinados territorios permanecen. Por eso, hablar de la violencia en Ecuador implica hablar también de la corresponsabilidad del Estado y, particularmente, de las decisiones y omisiones de quienes hoy gobiernan. La violencia no puede explicarse únicamente por lo que ocurre en las calles. También es necesario mirar qué hace el Estado, qué deja de hacer y qué decisiones toma frente a ella.
Es precisamente ahí donde esta alfabetización debería interpelarnos. Aprender a identificar el sonido de una bala, cambiar una ruta por miedo, revisar el teléfono esperando que alguien responda o aprender qué significa que una persona esté desaparecida no debería formar parte de nuestra educación cotidiana. Y, sin embargo, lo estamos aprendiendo. La violencia tiene una pedagogía: modifica nuestras palabras, nuestros comportamientos y la manera en que habitamos los territorios. El riesgo está en que, de tanto aprender a reconocerla, terminemos aprendiendo también a convivir con ella. Que aquello que alguna vez nos indignó termine pareciéndose a lo natural, a lo que “debería ser”.
Quizás, en vez de tener respuestas, quede otra pregunta: cómo dejamos de aprender el lenguaje de la violencia como si fuera el único posible. Si alfabetizar también significa aprender a leer el mundo, necesitamos aprender a leer aquello que está detrás de las cifras, de los discursos de seguridad y del miedo. Leer las desigualdades, el racismo, el abandono, las responsabilidades políticas y las resistencias que existen en nuestros territorios. Tal vez alfabetizarnos no sea aprender a vivir con la violencia, sino aprender a nombrarla para cuestionarla. Porque no deberíamos tener que aprender el lenguaje de la guerra para poder vivir.
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