Por: Kevin Ubillús Echeverría

El mito de que el suicidio es un acto de «cobardía» o «debilidad» es, además de un prejuicio cruel, una lectura ineficaz de la estructura psíquica del dolor humano. Quien llega a ese límite no busca la aniquilación de la vida per se, sino la cesación de un sufrimiento que se ha vuelto intolerable. Sostener ese nivel de angustia en absoluto silencio es agotador. Para deconstruir este estigma y abordar la prevención desde una ética de la escucha, es imperativo mirar de frente la realidad estadística que nos rodea. Las cifras no son solo números; son la develación de como el pasaje al acto funciona frente a un malestar que nos atraviesa a todos.

Lacan (1963) en el seminario 10 titulado la angustia, menciona que: 

«El pasaje al acto es esencialmente una salida de la escena. […] Consiste siempre en esa caída, que no es otra que la caída del sujeto como objeto a. […] En el momento del mayor embarazo, con el añadido de la emoción, se da la precipitación del sujeto a identificarse con el objeto de desecho.» 

Es decir, el sujeto se desprende de su cadena significante donde puede hacer frente a la angustia con sus recursos simbólicos. Que exista el suicidio como una opción, hace que el sujeto no vea otra salida para sus complicaciones, pase al puro acto y que quizás no tenga un mensaje a otro, sino sea una respuesta a un sistema que no ampara, sostiene y que los recursos son extremadamente limitados para todos. 

A nivel mundial, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que el suicidio cobra la vida de aproximadamente 727.000 personas cada año. Esto se traduce en una muerte cada pocos segundos, convirtiéndose en una crisis global de salud pública que no discrimina fronteras, estratos socioeconómicos ni géneros. 

Sin embargo, hay un fenómeno que requiere nuestra atención inmediata: mientras que en gran parte del mundo las tasas de mortalidad por suicidio muestran una tendencia a la baja gracias a estrategias de intervención temprana, en la Región de las Américas ocurre exactamente lo contrario. La Organización Panamericana de la Salud (OPS) advierte que, en las últimas dos décadas, nuestra región ha experimentado un aumento sostenido en estas cifras. Este incremento nos obliga a cuestionar qué está fallando en nuestros lazos sociales, el acceso a la salud mental, el gobierno que un país tiene y la importancia que se le da un tema que aún se encuentra bajo tabúes. 

Si bajamos la lupa hacia el Ecuador, la radiografía se vuelve aún más crítica. A menudo, la sociedad prefiere ignorar que el dolor emocional también habita en la niñez y la adolescencia. Según el procesamiento de los Registros de Defunciones Generales del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) con corte a 2023, la realidad de nuestros jóvenes exige una intervención urgente:

  • De 10 a 14 años: El suicidio se posiciona como la primera causa de muerte en el país.
  • De 15 a 19 años: Es la tercera causa de muerte, superada únicamente por factores vinculados a la crisis de seguridad nacional (agresiones y accidentes de tránsito).

Que nuestros niños y adolescentes encuentren en la muerte la única salida viable a su angustia es un fracaso del tejido simbólico y social que debería sostenerlos. La exigencia de rendimiento, el aislamiento digital, un gobierno que le da la espalda a la educación, la situaciones de precariedad, acoso digital de los pares y la falta de espacios seguros para la palabra, están asfixiando a las generaciones más jóvenes.

Desde la práctica psicoanalítica, entendemos que el acto suicida suele presentarse cuando la palabra fracasa. Cuando el sujeto se queda sin los recursos simbólicos para nombrar su dolor, el acto toma el lugar de lo indecible. 

La sociedad actual impone un mandato tiránico de bienestar y de ser fuertes en todo momento. Esta armadura, lejos de proteger, aísla. Obliga a las personas a tragarse su angustia para no incomodar al otro. Pero poner en palabras aquello que duele no hace a nadie más débil; es, por el contrario, el movimiento más humano que existe.

La prevención del suicidio no se logra únicamente con líneas de atención en crisis, aunque son indispensables. La prevención es estructural. Requiere deconstruir el mandato del silencio y validar el sufrimiento del otro sin juzgarlo.

Si alguna vez el peso se vuelve insostenible, es fundamental recordar que el silencio no es la única opción. Existen espacios diseñados, como el consultorio donde esa armadura pueda caer; lugares donde el dolor puede ser hablado, escuchado y, finalmente, tramitado. La palabra sigue siendo nuestra herramienta más potente para sostener la vida.

Referencias

Instituto Nacional de Estadística y Censos. (2024). Registro estadístico de defunciones generales 2023. https://www.ecuadorencifras.gob.ec/defunciones-generales/

Lacan, J. (2006). El seminario de Jacques Lacan. Libro 10: La angustia (E. Berenguer, Trad.). Paidós. (Obra original publicada en 2004).

Organización Mundial de la Salud. (2023, 28 de agosto). Suicidio. https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/suicide

Organización Panamericana de la Salud. (s.f.). Prevención del suicidio. Recuperado el 6 de septiembre de 2026, de https://www.paho.org/es/temas/prevencion-suicidio

Revista Médica Vozandes. (2023). Carga de morbilidad por suicidio en Ecuador. https://revistamedicavozandes.com/wp-content/uploads/2023/01/02_AO1.html

Amandla Medio