Lorena Valdez, cantón Eloy Alfaro (Esmeraldas)

Yo nací y crecí en la parroquia Timbiré, en la provincia de Esmeraldas. Pertenezco a una organización de mujeres que tiene 14 años. Ahí somos 27 mujeres que trabajamos de manera colaborativa para el desarrollo social y por la seguridad alimentaria.

Como en todas las comunidades rurales del país no contamos con infraestructura, y sobre todo, no tenemos maestros para garantizar una educación de calidad a nuestros niños y niñas. Por años nos hemos dedicado a la búsqueda de aliados que nos ayuden a encontrar alternativas para mitigar nuestras necesidades sociales, económicas y educativas.

Otro de nuestros problemas más urgentes es el sistema de agua potable que no funciona adecuadamente. Antes de la pandemia estábamos en la búsqueda de aliados para poder potencializar ese sistema.

Cuando supimos del estado de excepción fue desesperante aceptar la paralización de nuestras actividades. Aquí la mayoría somos mujeres solteras con hijos e hijas. La casi totalidad de nosotras estamos en situación de vulnerabilidad. Ni siquiera tenemos cómo llegar hasta el centro de salud. Y, si llegamos, no encontramos medicamentos para curarnos. Hasta el paracetamol y el alcohol hacen falta.

Además, la situación fue crítica porque dependemos de la agricultura. No podíamos vender nuestros productos. Vimos cómo se iban dañando. Entonces, tuvimos que retomar nuestra antigua costumbre: el trueque. He llevado mi plátano, mi cacao, mi papaya, mi guineo, mi borojo, mi arazá, a la ciudad más cercana y los he cambiado por pescado, arroz y aceite, para poder sobrevivir.

Las autoridades en las pantallas de la televisión nos decían que debíamos quedarnos en casa… pero el hambre nos obligaba a salir, a correr el riesgo de contaminarnos para poder traer el pan a nuestras casas.

Aquí todo el mundo ha sido autor de su propia medicina. Nos dedicamos a utilizar hierbas tradicionales para mitigar o prevenir esta pandemia. Nuestra asociación tiene un jardín de plantas medicinales donde cultivamos la hoja santa, la flor amarilla, la verbena, la yerbaluisa, la yerbabuena, las hojas de naranjo. Con todas esas hierbas empezamos a hacernos infusiones antes de que el virus llegara a la provincia de Esmeraldas.

Con respecto al cloro y el amonio, hacíamos colecta entre familias para comprar. Tú podías ver a todo el mundo con su escoba barriendo su acera, el frente de su casa, y a los jóvenes fumigando con su bomba.

Creo que el municipio hizo dos fumigaciones. Al mes aparecieron con unas funditas de raciones que en algo sirvieron a las personas más necesitadas. Pero, en el momento de la verdadera desesperación solo pudimos contar con la comunidad.

Ahí salió esa mano solidaria, esa unión