Cuatro ministerios desaparecen bajo la bandera de la eficiencia

La eficiencia volvió a encabezar el discurso. El presidente Daniel Noboa anunció una nueva reducción de la estructura estatal que elimina cuatro ministerios y reduce de 14 a 10 las carteras de Estado. La medida, presentada como una apuesta por la optimización de recursos y la eliminación de barreras burocráticas, vuelve a colocar sobre la mesa una vieja pregunta: cuánto puede reducirse el aparato público sin afectar su capacidad de responder a las necesidades de la ciudadanía.

La reorganización concentra funciones que hasta ahora operaban de forma independiente. Economía, Agricultura y Producción pasarán a formar parte de un único Ministerio de Desarrollo Económico y Productivo; Infraestructura y Transporte se fusionarán con Telecomunicaciones y Sociedad de la Información; y Trabajo, Desarrollo Humano y la Secretaría de Gestión y Desarrollo de Pueblos y Nacionalidades quedarán integrados en una sola cartera.

La desaparición de esta última secretaría como entidad independiente no es un detalle menor. Aunque el Gobierno asegura que sus competencias continuarán a través de un viceministerio, la decisión reduce el rango institucional de un espacio creado para representar a pueblos indígenas, afroecuatorianos y montubios dentro de la estructura estatal. La medida plantea interrogantes sobre el lugar que ocuparán estas poblaciones en la toma de decisiones públicas.

La discusión cobra mayor relevancia en un país atravesado por conflictos socioambientales cada vez más profundos. La expansión de la minería, muchas veces impulsada mediante concesiones y permisos estatales, ha generado tensiones con comunidades indígenas y afrodescendientes que denuncian afectaciones a sus territorios, fuentes de agua y formas de vida. A esto se suman crisis recurrentes de contaminación en provincias como Esmeraldas, donde amplios sectores de la población conviven desde hace años con las consecuencias de la actividad extractiva y la fragilidad de los mecanismos de control ambiental.

Desde el Ejecutivo, la reestructuración se presenta como una herramienta para construir un Estado más ágil. Sin embargo,el tema a debatir no pasa únicamente por el ahorro de recursos, sino por la capacidad real de las instituciones para fiscalizar actividades económicas, garantizar derechos colectivos y atender demandas históricamente relegadas.

La incertidumbre también alcanza a miles de trabajadores públicos y equipos técnicos especializados cuya continuidad dependerá de la implementación de las fusiones anunciadas. En procesos similares, la reducción administrativa ha significado cambios de organigrama y debilitamiento de áreas estratégicas para la gestión pública para terminar de traducirse en despidos masivos.

En un país marcado por profundas desigualdades económicas, políticas, sociales, conflictos ambientales y disputas por el control de los recursos naturales, la pregunta deja de ser cuántas instituciones pueden recortarse y pasa a ser otra mucho más incómoda: qué estamos perdiendo cada vez que reducimos el Estado.

Samira Folleco