Esmeraldas vuelve a demostrar que sí
Una nueva emergencia ambiental golpea al norte de la provincia de Esmeraldas. Habitantes del recinto Chillabí del Agua, en el cantón San Lorenzo, denunciaron este martes 26 de mayo de 2026 una grave contaminación química en el río Bogotá, que provocó la muerte masiva de peces y afectó tanto a las comunidades del sector como al Refugio de Vida Silvestre La Chiquita, una de las áreas protegidas más importantes de la provincia.
Según testimonios de los comuneros, el hecho ocurrió luego de que trabajadores vinculados a una corporación agroindustrial dedicada al cultivo de palma aceitera lavaran bombas de fumigación en el estero “La Zanja”, afluente que desemboca en el río. Horas después, miles de peces de distintas especies comenzaron a aparecer muertos sobre la superficie del agua, evidenciando la magnitud del daño ambiental.
Las imágenes difundidas desde el territorio muestran un escenario devastador, pero para nada nuevo: peces flotando sin vida, agua contaminada y comunidades enteras viendo cómo, una vez más, se destruyen las fuentes naturales que sostienen la vida en la zona. La afectación no solo alcanza a la fauna fluvial y a la biodiversidad del refugio, sino también a las familias que dependen del río para alimentarse, movilizarse y sobrevivir.
Hablar de racismo ambiental también es hablar de esto. De territorios negros históricamente empobrecidos donde la contaminación parece convertirse en paisaje cotidiano y donde la vida de las comunidades rara vez ocupa el centro de la conversación nacional.
En Ecuador, cualquier mínimo hecho parece digno de ser documentado, difundido y convertido en noticia, excepto lo que ocurre en Esmeraldas. La muerte de miles de peces, la contaminación de los ríos, la destrucción de ecosistemas y el riesgo sostenido sobre comunidades afrodescendientes e indígenas muchas veces no reciben la misma atención, urgencia ni indignación. Ya ni siquiera la muerte parece suficiente. Jorge Corozo fue asesinado por militares el pasado 21 de mayo en San Francisco de Onzole, y el país siguió avanzando como si nada hubiera ocurrido.
¿Cómo no sentir rabia frente a tanto acumulado? No solo están matando los ríos y los peces. También siguen matando nuestros cuerpos, nuestros sueños y esperanzas. Todo el tiempo nos están empujando a sobrevivir entre la contaminación, la precariedad, la violencia y el silencio. Lo que ocurre en Esmeraldas son heridas permanentemente abiertas que sangran sobre los mismos territorios y sobre las mismas vidas que el país ha decidido mirar por encima del hombro.



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